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El intendente reconoció la crisis que atraviesa su gestión pero responsabilizó de ello a la caída de la coparticipación, directamente relacionada al movimiento económico de la ciudad. Cero autocrítica.
«Cada vez que pisamos esta plaza nos rodean las familias que hicieron grande a Esperanza y los recuerdos que construimos juntos. Para mí es un honor estar acá. Es la tercera vez que me toca hacerlo como intendente y la emoción no se gasta: la siento de la misma manera que la primera vez. Ser el intendente de Esperanza es el mayor desafío que tuve en mi vida. Se los digo mirándolos a los ojos», dijo Müller emocionado. Allí se equivocó y tuvo que volver a empezar.
Luego, mencionó que “estamos atravesando un momento difícil a nivel nacional, que sentimos en la mesa de cada casa, en cada comercio y en cada industria de nuestra ciudad. La caída de la coparticipación nos obligó a ajustar para seguir prestando los servicios que necesitan los esperancinos. Todas las noches pienso en eso, y no hace falta que se los explique porque ustedes lo viven a diario”.
No faltó la obligada mención de agradecimiento al gobernador de la provincia y el repaso de proyectos con fondos de esa jurisdicción. Nada dijo del contundente mensaje social que le rechazó una millonaria y necesaria obra como el pavimento. Tampoco existieron «dardos» a la oposición local.
El intendente expresó que “somos hijos y nietos de los colonos y heredamos de ellos el trabajo, el esfuerzo y la capacidad de superar cada adversidad. Esta ciudad la construimos todos: los vecinos, los jóvenes, los emprendedores, los comerciantes, los empresarios, las instituciones y cada familia que todos los días se levanta a trabajar y entre todos la vamos a sacar adelante”.
Cada vez que se salió del discurso escrito por otros, Müller se equivocó y debió retomar el texto. El clima frío, el viento sur fuerte y el aplauso que sólo le brindaron un puñado de políticos, le entregaron una realidad que no olvidará