Cuando las ovejas desplazaron a las vacas y cambiaron la historia de la Argentina

Cuando las ovejas desplazaron a las vacas y cambiaron la historia de la Argentina

Argentina llegó a tener 74 millones de ovejas y fue uno de los mayores productores de lana del mundo. Así nació una de las etapas más prósperas de su historia agropecuaria.

Durante el siglo XIX, la lana convirtió al país en una potencia exportadora, impulsó la llegada de inmigrantes y transformó para siempre el paisaje de la Pampa y la Patagonia.

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Hay historias que transcurren silenciosamente, lejos de los grandes discursos políticos y de las gestas militares, pero que terminan definiendo el destino de un país. La ganadería ovina argentina es una de ellas. Durante más de cinco siglos, millones de ovejas poblaron llanuras, montañas y estepas, alimentaron familias, vistieron generaciones, impulsaron fortunas, atrajeron inmigrantes, poblaron territorios deshabitados y convirtieron a la Argentina en una potencia mundial de la lana.

Detrás de cada vellón hubo manos curtidas por el trabajo, peones enfrentando el viento patagónico, mujeres hilando en telares artesanales, inmigrantes apostando todo a una pequeña majada y estancieros que levantaron enormes establecimientos en los confines australes. Es una historia de prosperidad y sacrificio, de auge y decadencia, pero también de resiliencia.

Comprender la evolución de la ganadería ovina significa comprender buena parte de la construcción económica, territorial y cultural de la Argentina.

La historia comenzó poco después de la llegada de los españoles al actual territorio argentino. A mediados del siglo XVI ingresaron las primeras ovejas siguiendo tres caminos distintos: desde el Alto Perú hacia el Noroeste Argentino, desde Chile hacia la región de Cuyo y por el Río de la Plata.

Aquellos animales estaban muy lejos de los refinados ejemplares actuales. Eran descendientes de las razas Churra y Lacha, resistentes, capaces de sobrevivir en ambientes difíciles, aunque con una producción limitada tanto de carne como de lana. Su vellón era corto, áspero y de escaso valor comercial.

La ganadería ovina pasó de ser una actividad de subsistencia a convertirse en el motor económico que impulsó el desarrollo del país.

La ganadería ovina pasó de ser una actividad de subsistencia a convertirse en el motor económico que impulsó el desarrollo del país.

Durante los siglos XVI, XVII y XVIII el protagonismo económico pertenecía al ganado vacuno cimarrón. Las inmensas manadas salvajes proveían cueros, sebo y tasajo, productos muy demandados dentro del sistema colonial. Las ovejas, en cambio, cumplían una función mucho más modesta.

Su importancia residía en el abastecimiento cotidiano de las poblaciones del interior. La carne ovina complementaba la alimentación de numerosas familias, mientras que su lana alimentaba una pequeña economía artesanal. En los telares del Noroeste Argentino y de Córdoba se confeccionaban ponchos, mantas y prendas que protegían del frío a generaciones enteras.

Aquella producción tenía un fuerte carácter doméstico. La lana criolla no podía competir en los mercados europeos por su baja calidad y, además, el rígido monopolio comercial español limitaba cualquier posibilidad de exportación. Durante casi tres siglos, la oveja fue un animal humilde, indispensable para la vida cotidiana, pero muy lejos de convertirse en un motor económico.

El nacimiento de una nueva riqueza

La historia cambió radicalmente después de 1810. La apertura comercial iniciada con la Revolución de Mayo permitió que la joven nación comenzara a integrarse al mercado internacional. Mientras Europa atravesaba la Revolución Industrial, las fábricas textiles británicas, francesas y norteamericanas necesitaban cantidades crecientes de lana fina para alimentar sus telares mecánicos.

Argentina descubría entonces una oportunidad extraordinaria. Durante las décadas de 1820 y 1830 comenzaron a llegar reproductores Merino procedentes de España, Alemania y Francia, además de ejemplares Southdown provenientes de Inglaterra. Productores visionarios como Thomas Lloyd Halsey, Sheridan y Harratt iniciaron un profundo proceso de mejoramiento genético.

El viejo ganado criollo comenzó a transformarse. Los cruzamientos sucesivos produjeron animales capaces de ofrecer una lana mucho más fina, suave y uniforme, altamente apreciada por la industria textil internacional. Aquella revolución genética cambió para siempre el destino del campo argentino.

Cuando las ovejas dominaron la pampa

Hacia la década de 1840 la oveja dejó de ser un complemento del establecimiento ganadero para convertirse en su principal protagonista.

Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas y especialmente después de 1852, la extraordinaria rentabilidad de la lana provocó una verdadera revolución económica conocida por los historiadores como el Ciclo de la Lana o la Ovejería.

Muchísimo antes del auge de la soja, las ovejas dominaron las mejores tierras del país y escribieron uno de los capítulos más sorprendentes de la historia rural argentina.

Muchísimo antes del auge de la soja, las ovejas dominaron las mejores tierras del país y escribieron uno de los capítulos más sorprendentes de la historia rural argentina.

Por primera vez, el ganado vacuno fue desplazado de las mejores tierras de la provincia de Buenos Aires. Las razones eran simples: mientras el cuero y el tasajo tenían precios relativamente estables, la lana fina alcanzaba valores excepcionales en los mercados europeos.

Pero el impacto fue mucho más profundo que una simple modificación productiva. La ganadería ovina demandaba una atención permanente. Había que cuidar los partos, controlar enfermedades, proteger las majadas y realizar esquilas organizadas. Esa necesidad de mano de obra favoreció la llegada de miles de inmigrantes, principalmente irlandeses, escoceses y vascos.

Muchos comenzaron trabajando bajo contratos de aparcería, compartiendo las ganancias con los propietarios de los campos. Con esfuerzo y años de trabajo, numerosos inmigrantes lograron comprar tierras propias, integrándose plenamente a la sociedad rural argentina.

Mientras tanto, el paisaje pampeano también cambiaba. Los enormes campos comenzaron a poblarse de puestos rurales, molinos, pozos con balancines, arboledas protectoras y kilómetros de alambrados que organizaban las majadas.

La oveja no sólo producía riqueza: estaba moldeando un nuevo territorio. Para fines del siglo XIX la Argentina ya figuraba entre los principales exportadores mundiales de lana.

El Censo Nacional de 1895 registró una cifra que aún hoy impresiona: cerca de 74 millones de ovinos, el mayor stock de toda la historia argentina, concentrado principalmente en Buenos Aires, Entre Ríos y el sur de Santa Fe. Era el momento de mayor esplendor.

Cuando la Patagonia comenzó a poblarse de lana

Pero la historia volvió a cambiar. La aparición de los barcos frigoríficos y el crecimiento de la agricultura exportadora hicieron nuevamente más rentables al ganado vacuno refinado y a los cultivos de trigo y maíz.

Las ovejas comenzaron entonces una lenta migración hacia el sur. Su nuevo hogar sería la Patagonia. Entre 1880 y 1900, luego de las campañas militares conocidas como la Conquista del Desierto y de la consolidación de las fronteras con Chile, enormes extensiones de la estepa comenzaron a poblarse con majadas.

Curiosamente, los primeros grandes rebaños no llegaron desde la región pampeana. Ingresaron desde las Islas Malvinas y desde Punta Arenas, en el extremo sur chileno. Aquellos animales ya estaban adaptados al viento permanente, al frío intenso y a las durísimas condiciones climáticas australes.

Las exposiciones ovinas de Neuquén pudieron (y pueden) poner en valor una producción que tiene más de cinco siglos de historia en el país.

Las exposiciones ovinas de Neuquén pudieron (y pueden) poner en valor una producción que tiene más de cinco siglos de historia en el país.

El Estado nacional otorgó enormes concesiones de tierras a sociedades comerciales y familias de origen europeo, especialmente británico. Empresas como la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego o la firma Menéndez Behety levantaron gigantescas estancias que abarcaban decenas de miles de hectáreas.

Aquella escala no respondía al lujo, sino a una necesidad productiva: la baja capacidad forrajera de la estepa obligaba a disponer de superficies inmensas para mantener rebaños rentables.

La oveja perfecta para el fin del mundo

Las condiciones extremas de la Patagonia exigían animales diferentes. El Merino Australiano encontró un excelente desempeño en sectores semiáridos de Río Negro y Chubut gracias a la calidad de su lana fina. Sin embargo, más al sur comenzó a imponerse otra raza.

Primero llegó la Romney Marsh y luego apareció la gran protagonista de la Patagonia austral: la Corriedale, desarrollada originalmente en Nueva Zelanda. Su éxito fue extraordinario.

La Corriedale ofrecía un equilibrio ideal entre producción lanera y producción de carne. Su vellón era resistente y de excelente calidad comercial, mientras que sus corderos abastecían a los frigoríficos instalados en puertos como Río Gallegos, Puerto Deseado y San Julián.

Con el correr de las décadas, la imagen del enorme rebaño Corriedale avanzando entre el viento se convirtió en uno de los símbolos más reconocibles de la Patagonia argentina.

Pero detrás del crecimiento económico también existían profundas desigualdades. La riqueza generada por la lana contrastaba con las difíciles condiciones de vida de miles de trabajadores rurales. Peones, ovejeros, esquiladores y puesteros enfrentaban jornadas agotadoras, aislamiento extremo y salarios insuficientes.

Entre 1920 y 1921 estallaron importantes huelgas impulsadas por organizaciones obreras que reclamaban mejoras laborales. La respuesta del Estado fue una de las páginas más dolorosas de la historia social argentina.

La represión militar conocida como la Patagonia Rebelde terminó con el fusilamiento de aproximadamente 1.500 trabajadores rurales, dejando una herida que aún permanece viva en la memoria histórica del sur argentino.

La historia de la ganadería ovina también es la historia de la Patagonia: un recorrido por el auge de la lana, el poblamiento del sur y episodios dramáticos como la Patagonia Trágica, que marcaron para siempre al país.

La historia de la ganadería ovina también es la historia de la Patagonia: un recorrido por el auge de la lana, el poblamiento del sur y episodios dramáticos como la Patagonia Trágica, que marcaron para siempre al país.

Aquellas ovejas que habían llevado riqueza también fueron testigos silenciosos de una profunda tragedia humana.

Del liderazgo mundial al inicio de la crisis

Durante buena parte del siglo XX la actividad logró sostener niveles importantes de producción. Argentina mantuvo entre 40 y 50 millones de cabezas y alcanzó una posición privilegiada como uno de los principales exportadores mundiales de lana.

Las dos guerras mundiales incrementaron notablemente la demanda de fibras naturales destinadas a la confección de uniformes militares. Hacia 1943 el país ocupaba el tercer lugar entre los exportadores mundiales, únicamente detrás de Australia y Nueva Zelanda. Parecía un liderazgo consolidado.

Sin embargo, a partir de la década de 1950 comenzaron a aparecer señales preocupantes. La industria textil incorporó nuevas fibras sintéticas como el nailon, el poliéster y el acrílico. Más económicas y fáciles de producir, desplazaron progresivamente a la lana en numerosos mercados internacionales.

Al mismo tiempo, Australia y Nueva Zelanda modernizaron rápidamente sus sistemas de clasificación, lavado, comercialización y mejoramiento genético, aumentando considerablemente su competitividad. Mientras tanto, la Patagonia enfrentaba problemas propios.

Décadas de sobrepastoreo provocaron una grave degradación ambiental. Grandes extensiones perdieron su cobertura vegetal y comenzaron procesos de erosión y desertificación que, en muchos casos, resultaron irreversibles. Muchas estancias dejaron de ser económicamente viables.

El éxodo rural comenzó a vaciar establecimientos históricos. Las adversidades naturales agravaron aún más la situación. Nevadas extraordinarias eliminaron miles de animales, mientras que la erupción del volcán Hudson en 1991 cubrió de cenizas extensas zonas productivas de Santa Cruz. A ello se sumó la permanente presión de depredadores como el puma y el zorro colorado. El esplendor de otras épocas parecía quedar cada vez más lejano.

Reinventarse para seguir viviendo

El siglo XXI encontró a la ganadería ovina profundamente transformada. De los 74 millones de animales registrados en el siglo XIX, el stock nacional pasó a estabilizarse entre 12 y 14 millones de cabezas.

Sin embargo, la reducción numérica no significó el final de la actividad. Todo lo contrario. La sanción de la Ley Nacional de Recuperación de la Ganadería Ovina permitió financiar mejoras de infraestructura, incorporación de tecnología, retención de vientres y modernización de los establecimientos. La producción comenzó a orientarse hacia nichos de mayor valor agregado.

Hoy conviven dos realidades complementarias. La Patagonia continúa siendo el corazón lanero del país, con establecimientos especializados en Merino para producir lanas ultrafinas destinadas a los mercados internacionales y con una creciente valorización del cordero patagónico.

Hoy, con una producción enfocada en la calidad de la lana, la ganadería ovina enfrenta nuevos desafíos. Su historia explica por qué sigue siendo estratégica para la Patagonia y otras regiones del país.

Hoy, con una producción enfocada en la calidad de la lana, la ganadería ovina enfrenta nuevos desafíos. Su historia explica por qué sigue siendo estratégica para la Patagonia y otras regiones del país.

En las regiones pampeanas, cuyanas, chaqueñas y del Noroeste predominan pequeños y medianos productores que orientan sus esfuerzos hacia la producción de carne, leche y quesos artesanales. Nuevas razas como Texel, Hampshire Down, Dorper y la argentina Pampinta representan esa nueva etapa de diversificación productiva.

Un legado que todavía escribe su historia

La historia de la ganadería ovina argentina no puede medirse únicamente por la cantidad de ovejas o por las toneladas de lana exportadas. Está escrita en los telares indígenas y criollos del Norte; en los inmigrantes que encontraron una oportunidad en la pampa; en las inmensas estancias barridas por el viento austral; en los esquiladores que recorrieron miles de kilómetros detrás de cada zafra; en los pueblos que crecieron alrededor de la actividad y también en aquellos que debieron reinventarse cuando llegaron las crisis.

Las ovejas ayudaron a poblar fronteras, consolidaron la presencia argentina en la Patagonia, sostuvieron economías regionales, impulsaron exportaciones decisivas y dieron identidad a generaciones enteras de trabajadores rurales.

Hoy, lejos de los récords productivos del pasado, la actividad enfrenta nuevos desafíos vinculados con la sustentabilidad ambiental, la innovación tecnológica y la producción de alimentos y fibras de alta calidad. Pero conserva intacto un patrimonio construido durante cinco siglos de esfuerzo.

Porque cada vellón esquilado, cada cordero nacido en medio del invierno patagónico y cada productor que continúa apostando por esta actividad mantienen viva una tradición que forma parte inseparable de la historia nacional.

La ganadería ovina ya no domina la economía argentina como lo hizo durante el siglo XIX. Sin embargo, continúa siendo un símbolo de perseverancia frente a la adversidad, una expresión del trabajo silencioso del campo y una de las páginas más nobles de la construcción del país, donde la lana, el viento y la esperanza siguen entrelazando el pasado con el futuro.

FUENTE: Archivo General de la Nación con aportes de Redacción +P.

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