Para el andar diario del mundo de los medios, también ahora el de las redes sociales, las buenas noticias suelen no ser noticias, como el avión que llega a destino, por caso. Pero hay veces que la excepción, convertida a la vez en un acto auspicioso, se convierte en noticia. En este caso, la noticia es la excepción: un encuentro de oficialismo y oposición por acordar un espacio para pensar y discutir una agenda a futuro que pueda dar respuestas al mismo tiempo a las urgencias de una provincia estancada y deslucida.

El Senado provincial aprobó ayer la conformación de una comisión de futuro, así como se lee. Auspicioso e infrecuente como suena, la idea ha sido ir detrás de la creación de un ámbito destinado a pensar la Mendoza de las próximas décadas y no solamente la de mañana, aunque absolutamente necesario.

La política ha vivido atrapada no sólo en la urgencia, sino en discusiones por lo general estériles e inútiles como la misma que se vivió ayer por el uso de una banca. Las discusiones del día, las polémicas de ocasión, las disputas electorales y los conflictos han ocupado casi toda la agenda pública. La Comisión Bicameral de Futuro, creada ayer por unanimidad, ha roto con esa lógica y andar sinsentido.

La iniciativa, impulsada originalmente por el senador Félix González y acompañada por la vicegobernadora Hebe Casado, fue aprobada con respaldo político amplio y se ha convertido en señal reluciente en tiempos donde abundan las diferencias y escasean los acuerdos. O cuando estos últimos, los acuerdos, ni siquiera se han buscado. No parece ser una comisión más. La intención es crear un espacio permanente de reflexión estratégica capaz de reunir al sistema político, las universidades, los especialistas, el sector privado y las instituciones de la sociedad civil para abordar los desafíos que Mendoza deberá enfrentar en los próximos años.

La necesidad de una mirada de largo plazo surge de una realidad difícil de discutir y que, en honor a la verdad, se ha demorado demasiado en aparecer. Porque Mendoza lleva más de una década sin crecer de manera sostenida y al menos unos quince años sin generar empleo privado registrado de calidad en volúmenes significativos. Su matriz productiva hace rato que muestra signos evidentes de agotamiento, las exportaciones permanecen prácticamente en los mismos niveles de hace diez años, incluso menos, y muchas de las actividades que históricamente distinguieron a la provincia ya no alcanzan por sí solas para sostener las expectativas y necesidades de una sociedad que supera los dos millones de habitantes.

Hay que decir y reconocer que por décadas Mendoza cultivó una imagen de excepcionalidad, tanto para sí misma como para “venderse” afuera. El tiempo demostraría lo que fue un espejismo, un equívoco, auspiciado por la misma “intelligentsia”. Se hablaba del “equipo de los mendocinos”, de acuerdos básicos capaces de trascender gobiernos y de una institucionalidad que supuestamente la diferenciaba del resto del país. Sin embargo, los resultados económicos y sociales muestran que aquella promesa quedó inconclusa. La provincia no logró dar el salto de calidad que imaginaba para sí misma, ni encontró una nueva dirección productiva capaz de recuperar lo que en verdad sí había sido en el pasado.

En el plano de las advertencias, también hay que decir que no es la primera vez que se intenta construir un ámbito de pensamiento estratégico. El antecedente más cercano fue el Consejo Económico, Ambiental y Social de Mendoza (CEAS), que reunió a más de ochenta instituciones y contó incluso con la participación de los ex gobernadores de la democracia recuperada. Aquella experiencia generó expectativas importantes, pero con el tiempo perdió impulso hasta desaparecer de la agenda pública.

La diferencia es que esta nueva iniciativa encuentra inspiración en un modelo que ha demostrado resultados concretos. La Comisión Bicameral de Futuro toma como referencia la experiencia chilena de Congreso Futuro, un ámbito que desde hace más de quince años reúne a científicos, académicos, empresarios, dirigentes políticos y referentes internacionales para debatir los grandes desafíos del siglo XXI.

La lógica detrás de esa experiencia es tan sencilla como poderosa: detener por un momento la inmediatez política para pensar el mañana, así, casi literalmente lo han llamado del otro lado de la cordillera: detener la inmediatez para pensar el mañana. Gracias a ese trabajo sostenido, Chile logró anticipar discusiones que hoy ocupan el centro del debate global. Entre ellas, la regulación de la inteligencia artificial, la protección de los derechos frente a las neurotecnologías y las transformaciones que la automatización producirá sobre el empleo y el mundo del trabajo.

Uno de los casos más emblemáticos fue la reforma constitucional que incorporó los llamados neuroderechos, convirtiendo a Chile en el primer país del mundo en proteger legalmente “la integridad mental, los datos cerebrales y el libre albedrío” frente al avance tecnológico. También impulsó discusiones pioneras sobre inteligencia artificial, empleo del futuro y adaptación de las instituciones a cambios tecnológicos cada vez más acelerados.

¿Mendoza será capaz de sostener en el tiempo una iniciativa de estas características? Porque ante el pasado que trae las imágenes de cierto fracaso, lo que se tiene enfrente no sería crear una comisión más, sino en construir una cultura y un modelo de política capaz de mirar más allá de los próximos meses. Pensar el futuro exige abandonar la inmediatez, las seguridades y supuestas certezas y aceptar que muchos de los problemas que vienen todavía no tienen nombre, ni se conocen, pero que obligan a imaginar soluciones para escenarios que aún no existen. ¿Acaso eso no es la política?

La reciente firma del Pacto Mendoza 2050, que se reunió unos días antes de la última Vendimia, aparece como una pieza natural de esta nueva etapa. Allí están las universidades, instituciones empresarias, organizaciones de la sociedad civil, la Fundación Faro Andes, la Bolsa de Comercio y el propio Gobierno provincial con la intención de elaborar una visión compartida de largo plazo para Mendoza.

Quizás el mayor valor de la Comisión Bicameral de Futuro no resida en las leyes que pueda producir ni en los documentos que eventualmente redacte. Su verdadera importancia radica en algo más elemental: volver a instalar la idea de que una sociedad también se construye imaginando. Y que después de muchos años de discutir exclusivamente la coyuntura, Mendoza necesita recuperar la capacidad de pensar estratégicamente qué quiere ser cuando llegue el futuro