Esta semana, la localidad de Fernández Oro cumplió 95 años desde su fundación oficial. A través de los relatos de antiguos pobladores, conocemos parte de su historia, ligada a la llegada del ferrocarril, la inmigración europea y chilena, y la actividad productiva.
A pesar del crecimiento poblacional que atraviesa a las localidades más cercanas a la ciudad de Neuquén, Fernández Oro, en la provincia de Río Negro, sigue siendo un pueblo tranquilo, de esos donde el silencio invade la hora de la siesta y donde la calma envuelve gran parte del día.
Quizás el general Manuel Fernández Oro tuvo una visión de futuro cuando decidió adquirir cerca de 40 mil hectáreas en la zona llamada La Confluencia, donde la aridez del clima golpeaba con fuerza. Sin embargo, se decidió a comenzar con un proyecto productivo en el territorio de Río Negro.
Para ese entonces, el general ya estaba en retirada de su carrera militar, que lo llevó a participar de importantes conflictos, como la Guerra del Paraguay, además de un sinfín de batallas a lo largo del territorio nacional.
Su contacto con la Patagonia no le era ajeno: Fernández Oro formó parte de la Campaña del Desierto en 1879 como jefe de la guarnición en Choele Choel y, años después, en 1885, fue designado como jefe de la línea de frontera del territorio rionegrino.
Junto a su esposa, Lucinda Larrosa, decidieron instalarse en esta zona hacia 1901 para dedicarse a la agricultura y a la ganadería, actividad que ejerció en la llamada «Estancia Vieja». Los nombres de ambos miembros del matrimonio bautizaron colonias, un canal de riego y la localidad de Fernández Oro, que acaba de cumplir 95 años de historia.
Guardianes de la memoria
Osvaldo Muñoz es policía retirado; si bien hizo su carrera en Neuquén, cuando se jubiló decidió volver a su Fernández Oro natal. Por su parte, Adriana Pérez es maestra de grado, también jubilada y apasionada por la historia.
Estos dos pobladores guardan como un tesoro cada fotografía histórica, viejos afiches de bodegas y de empresas frutícolas, y cientos de anécdotas sobre los inicios del pueblo que los vio nacer.
Gran parte de estos recuerdos están ligados a las vivencias familiares y al trabajo en las chacras de la zona, como la que estaba en la calle La Criollita, donde nació Osvaldo, de ascendencia chilena por parte de su madre.
Osvaldo sostiene una foto en blanco y negro donde se ve a su madre con 18 años en el establecimiento «La Blanca», fechada en 1936. Se trata de uno de los grandes proyectos productivos que tuvo la localidad, donde había bodega y secadero de frutas.
Su abuelo, su madre, sus tíos y sus tías trabajaban todos ahí. «Cortaban la fruta y la ponían a secar, lo que eran orejones que se ponían al sol», explica Osvaldo. Según cuenta, en este establecimiento también practicaban la apicultura y el cultivo de alfalfa.
Gran parte de la comunidad de Fernández Oro trabajó en «La Blanca» y conserva recuerdos ligados a sus diferentes épocas, como la anécdota de la madre de Osvaldo, que le contó a su hijo sobre «la invasión de langostas que venían como una nube y se comían toda la alfalfa», detalla.
El dueño de estas tierras era el doctor José Manuel Jorge (hijo), estrechamente emparentado con Fernández Oro y su esposa por lazos familiares, ya que aquel había contraído matrimonio con la hija de la familia Oro-Larrosa.
Kilómetro 1181
Ante la llegada del ferrocarril a la Patagonia hacia fines del 1800, a lo que hoy conocemos como Fernández Oro se le llamaba «kilómetro 1181». «Esos son los kilómetros que nos separan desde ese punto por las vías hasta Buenos Aires», explica Adriana Pérez.
Hacia 1931 surgió el debate por los nombres de las localidades que, finalmente, quedaron asentadas como Cipolletti, por un lado —en honor al ingeniero que ideó el sistema de riego en el Alto Valle—, y Fernández Oro, del otro, en conmemoración al general.
El 19 de mayo de 1931 quedó definida como la fecha oficial de la fundación de la localidad de Fernández Oro, aunque ya existía desde mucho antes; incluso hacia 1918 ya tenía su primera escuela, a la que asistían, en su mayoría, hijos de inmigrantes europeos.
Entre frutales y cereales
«Mis abuelos por parte de padre son Joaquín Pérez y Pilar Otero, españoles del norte de la provincia de Pontevedra», asegura Adriana. Se instalaron primero en Allen y después compraron tierras en Fernández Oro, lindantes a la estancia La Blanca.
Su padre, Julio Séptimo Pérez, fue el primer intendente de Fernández Oro elegido por el voto popular. Adriana lleva toda esta historia en sus raíces, la misma que la llevó a participar y ganar un concurso para diseñar el escudo de la localidad en 1996. En la imagen que creó se ven representadas una pera, una manzana, la viña y el lúpulo, que simbolizan el sistema productivo de la localidad.
En medio de la charla con +P, afloran los recuerdos sobre las bodegas de la zona de Allen y Fernández Oro. «En 1952 había más de 20 bodegas», detalla Adriana. Algunas de las más importantes fueron Vino La Udinesa, de la familia Ferroni; Don Nazareno, de la familia Vagnoni; Vino Garrón de Piedra, y Bodega y Viñedos Paponi, entre muchas otras.
Para poder cultivar en el desierto, primero se diseñaron los sistemas de riego y también de desagüe. «Había que darle nitrógeno a la tierra; por eso lo primero fue la alfalfa, luego vino una etapa de verduras, trigo y arroz«, explica. «Muchos valencianos pensaron que acá podían hacer ese cultivo», que claramente no prosperó con el tiempo.
«Teníamos brazo para trabajar y ojos para llorar», decían las mujeres en relación al arduo día a día de la actividad productiva y la vida familiar que llevaban adelante muchas trabajadoras rurales y amas de casa.
Adriana y Osvaldo repasan viejos afiches de diferentes emprendimientos productivos que guardan celosamente e impecables. También reflexionan sobre las copias de las fotos que pudieron conseguir: imágenes inmortalizadas en las chacras y diferentes puntos del pueblo de Fernández Oro, una localidad que no olvida sus raíces