Rigi, Rimi, super-Rigi y un debate de fondo: cómo reemplazar impuestos que frenan la actividad

Rigi, Rimi, super-Rigi y un debate de fondo: cómo reemplazar impuestos que frenan la actividad
Ilustración Eric Zampieri. (La Voz) (La Voz)

Queda mucho por hacer para que la Argentina entre de manera sostenible en un proceso de desarrollo, con equilibrio de las cuentas públicas. Uno de los puntos más desafiantes es ordenar el sistema tributario.

Virginia Giordano (*)

El debate económico argentino se mueve cada vez más entre dos extremos. De un lado, están quienes creen que el país está a las puertas de una etapa de prosperidad casi inevitable; del otro, quienes ven una crisis inminente y cada vez más profunda.

Entre esas dos miradas queda poco espacio para observar la realidad con objetividad. Y justamente eso es lo que más necesitamos. Es difícil hacer diagnósticos equilibrados cuando conviven, por ejemplo, los festejos por la baja de la inflación con reclamos masivos por la insuficiencia del presupuesto universitario.

En primer lugar, debe reconocerse que el Gobierno logró avances muy relevantes. El equilibrio fiscal, las desregulaciones y la integración con el mundo marcan un cambio de rumbo que la Argentina necesitaba. Salir de una orientación económica que durante décadas castigó la inversión, el ahorro, la producción y el empleo es un logro que no solo debe preservarse, sino también incorporarse como política de Estado, más allá de la actual gestión de gobierno.

Pero reconocer avances no debería llevar a minimizar o negar las grietas del plan económico. Queda mucho por hacer para que la Argentina entre de manera sostenible en un proceso de desarrollo. Uno de los puntos más desafiantes es ordenar el sistema tributario.

La trampa de los impuestos malos

El equilibrio de las cuentas públicas es un logro importante. Pero también es un equilibrio frágil: se sostiene con poco margen y en un contexto en el que las demandas crecen. La recaudación está estancada, mientras universidades, provincias y distintos sectores del Estado reclaman recursos que no sobran. Esa tensión muestra que el margen fiscal es más estrecho de lo que a veces sugiere el discurso oficial.

Parte de ese problema se explica por el bajo dinamismo de la economía. Si la producción no crece, la recaudación tampoco. Y entre los factores que frenan la actividad, el sistema tributario ocupa un lugar central.

No se trata sólo de que en la Argentina se pagan muchos impuestos, sino de que muchos de esos impuestos están mal diseñados. Encarecen la producción, castigan la formalidad y desalientan la inversión.

Por eso hay bastante consenso en la necesidad de eliminar impuestos distorsivos. El punto difícil es cómo hacerlo. Bajar impuestos es necesario, pero no puede hacerse a costa de volver al déficit fiscal. La Argentina necesita aliviar la carga sobre la producción sin perder el equilibrio de las cuentas públicas.

Ahí aparece la trampa. Buena parte de la recaudación nacional, provincial y municipal depende justamente de tributos muy dañinos para la producción: el impuesto al Cheque, las retenciones, Ingresos Brutos y las tasas municipales sobre ventas.

Eliminarlos es indispensable para mejorar la competitividad, pero hacerlo sin una estrategia de reemplazo puede poner en riesgo el orden fiscal. Esa es una de las principales grietas del esquema actual.

Eliminación de impuestos sólo para algunos

Hasta ahora, más allá de algunas reducciones puntuales, como el recorte parcial de los derechos de exportación, la estrategia predominante fue crear regímenes especiales. Es decir, armar “islas” donde ciertos proyectos de inversión, si cumplen determinados requisitos, acceden a reglas tributarias más razonables.

El primer paso fue el Régimen de Incentivos a las Grandes Inversiones (Rigi), pensado para proyectos de gran envergadura, sobre todo en minería y energía. Más recientemente, en la Ley de Modernización Laboral se incorporó el Régimen de Incentivo para Medianas Inversiones (Rimi), una especie de mini-Rigi para nuevos proyectos de inversión de pequeñas y medianas empresas.

Es “mini” porque apunta a emprendimientos más chicos y ofrece beneficios tributarios más modestos.

Ahora, el Gobierno anunció el inminente envío de otro proyecto para crear un super-Rigi. A diferencia del Rigi original, cubriría más sectores y ofrecería beneficios todavía más generosos. Si avanza, se profundizará la misma lógica: crear “islas” de racionalidad tributaria, mientras el resto de la actividad productiva sigue soportando impuestos muy distorsivos.

La lógica de esta estrategia es limitar la baja de impuestos a inversiones que, de otro modo, no se harían. Así, el costo fiscal sería nulo o muy bajo. Pero también tiene problemas: genera diferencias con el resto de la actividad productiva, vuelve más compleja la administración del sistema y puede crear nuevas distorsiones por la convivencia de tratamientos tributarios muy distintos.

A esto se suma que la Argentina tiene una larga tradición de regímenes especiales con resultados, en la mayoría de los casos, negativos.

Que los mejores impuestos sustituyan a los malos

Bajar impuestos sólo a medida que baja el gasto público lleva a una gradualidad difícil de compatibilizar con la urgencia del problema. Los malos impuestos afectan la competitividad ahora; con ese enfoque, la respuesta llegaría, en el mejor de los casos, dentro de muchos años.

Tampoco alcanza, para la mayor parte de las empresas, con seguir creando regímenes especiales como el anunciado super-Rigi. Pueden servir para ciertos proyectos, pero no resuelven el problema de fondo: la mayoría de la actividad productiva sigue atrapada en un sistema que encarece producir, castiga la formalidad y reduce la competitividad.

Por eso hace falta cambiar el enfoque. En lugar de esperar a que baje el gasto o de seguir creando excepciones, el camino más promisorio es fortalecer los buenos impuestos para reemplazar los malos gravámenes. La clave no es recaudar menos de cualquier manera, sino recaudar mejor.

Por ejemplo, eliminar retenciones permitiría expandir la producción agropecuaria. Si sobre esa producción ampliada se cobra mejor Ganancias y Bienes Personales, podría compensarse parte de la pérdida inicial de recaudación. Del mismo modo, si el IVA absorbiera Ingresos Brutos y tasas municipales sobre ventas, mejoraría la competitividad y habría mejores herramientas para reducir la evasión.

La discusión tributaria debe ampliarse. No alcanza con mirar cuánto se recauda; también importa cómo se recauda. El problema central de la Argentina no es sólo tener impuestos altos, sino un exceso de malos impuestos. Por eso, la solución pasa por fortalecer los buenos para poder eliminar los que más dañan la producción.

(*) Economista, coordinadora de Idesa

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