Un informe presentado en el Concejo Deliberante expone el desfasaje entre la expansión urbana y la falta de espacios verdes. Aunque el promedio por habitante alcanza estándares internacionales, la distribución es inequitativa.
El crecimiento de Bahía Blanca en las últimas décadas dejó una postal que ya no puede disimularse: la ciudad se expandió, pero el verde no la acompañó.
Esa es la principal conclusión —y advertencia— del informe “Expansión urbana y espacios verdes en Bahía Blanca”, presentado por la geógrafa Valeria Duval en el ámbito de la Comisión Asesora Ambiental del Concejo Deliberante.
El diagnóstico no sólo describe una tendencia urbana, sino que pone en evidencia un problema estructural: el desarrollo territorial avanzó sin planificación suficiente en materia ambiental, generando una ciudad más extensa, pero también más desigual.
Una ciudad que se estira… y se fragmenta
El estudio confirma lo que a simple vista muchos vecinos perciben: Bahía creció de forma dispersa, extendiéndose hacia la periferia sin una lógica integradora. Entre 1985 y 2020, la mancha urbana se expandió en todas direcciones, impulsada por el aumento poblacional, los desarrollos inmobiliarios y la mejora en las vías de acceso.
Pero ese crecimiento tuvo un costo.
A medida que avanzó el cemento, retrocedió la cobertura vegetal. El análisis satelital muestra una reducción significativa de áreas verdes, especialmente en zonas donde el desarrollo urbano fue más acelerado. El resultado es una ciudad con grandes “vacíos” internos, barrios desconectados y una fuerte fragmentación territorial.
Verde suficiente… pero mal repartido
En términos generales, Bahía Blanca cuenta con 191 espacios verdes que suman más de 3,2 millones de metros cuadrados. Eso representa unos 10,2 m² por habitante, un valor que se ubica dentro de los parámetros sugeridos por la Organización Mundial de la Salud.
Sin embargo, el dato promedio esconde una realidad más compleja.
El informe advierte que la distribución de esos espacios es profundamente desigual. Mientras algunas zonas —principalmente el centro y sectores del oeste— concentran parques y paseos de mayor tamaño, otras áreas, como el noreste, sureste y parte del noroeste, prácticamente carecen de ellos.
En esos sectores, directamente, hay vecinos que no están dentro del área de influencia de ningún espacio verde.
Acceso, calidad y cercanía: las deudas pendientes
No se trata sólo de cantidad, sino también de accesibilidad. El estudio revela que amplias franjas de la ciudad se encuentran a más de 300 metros de una plaza o parque, lo que limita su uso cotidiano.
Y eso tiene consecuencias concretas.
La evidencia internacional es clara: vivir cerca de espacios verdes mejora la salud física y mental, reduce el estrés, promueve la actividad física y mitiga efectos ambientales como el calor urbano o la contaminación.
En Bahía, esa posibilidad no está garantizada para todos.
A esto se suma otro problema: la calidad. Muchos espacios verdes presentan falta de mantenimiento, escaso mobiliario y deterioro general, lo que reduce su uso y su impacto positivo en la vida urbana.
Una ciudad con dos modelos
El crecimiento desordenado también profundizó desigualdades sociales. El informe describe una ciudad partida: por un lado, barrios privados y desarrollos de mayor nivel socioeconómico en el norte; por otro, asentamientos informales en el sur y oeste, muchas veces sin infraestructura básica ni espacios de recreación.
El verde, en este contexto, también se convierte en un indicador de inequidad.
El desafío
Lejos de plantear sólo un diagnóstico, el trabajo propone soluciones concretas. La principal: avanzar en un sistema de “corredores verdes” que conecten parques, plazas y espacios vacantes para generar una red integrada.
La idea es transformar terrenos ociosos —muchos de ellos ferroviarios o baldíos— en espacios públicos que cumplan una doble función: ambiental y social.
Estos corredores permitirían:
–Aumentar la superficie verde disponible
–Mejorar la conectividad urbana
–Reducir la fragmentación territorial
–Recuperar áreas degradadas
–Generar nuevos espacios de encuentro
Además, se propone incorporar especies nativas, ciclovías, iluminación y equipamiento recreativo, con participación activa de la comunidad.
Una oportunidad (y una urgencia)
El informe deja una conclusión que interpela directamente a la planificación urbana: no alcanza con que la ciudad crezca; es necesario que crezca mejor.
La falta de espacios verdes no es un problema menor ni estético. Es una cuestión de salud pública, de calidad de vida y de equidad urbana.
Bahía Blanca aún tiene margen para revertir esta tendencia. Existen tierras disponibles, proyectos previos y conocimiento técnico suficiente. Lo que falta —según deja entrever el estudio— es decisión política sostenida para integrar el verde como parte central del desarrollo.
Porque en una ciudad que se expande sin árboles, sin sombra y sin espacios de encuentro, el progreso también puede convertirse en pérdida