El Centro de Estudios del Cobre y la Minería (CESCO), buscó posicionar a Mendoza dentro del llamado “triángulo del cobre”, a partir del proyecto San Jorge.
Del mismo modo que el triángulo del litio se convirtió en símbolo de la transición energética, hoy emerge la idea de un triángulo del cobre, donde Argentina, Chile y Perú buscan articular proyectos estratégicos y Mendoza podría quedarse con una porción de la torta. Ambos minerales son claves para sostener la electrificación global y redefinir el mapa minero regional. En el Andean Capital Forum, Osvaldo Urzúa, director del Centro de Estudios del Cobre y la Minería (CESCO), buscó posicionar a Mendoza dentro del llamado “triángulo del cobre”, a partir del proyecto San Jorge en Uspallata, como parte de una estrategia regional en la expansión de la industria minera.
Chile, Perú y Argentina concentran 42 proyectos de cobre con un potencial de inversión de US$138 mil millones y capacidad para sumar cerca de 6 millones de toneladas adicionales, según lo planteado durante la primera Conferencia de Países Líderes del Cobre, realizada semanas atrás en el país allende la cordillera. «La torta es grande y no se puede comer uno solo porque se va a indigestar», ilustró el ejecutivo chileno sobre esa potencialidad.
El déficit global como motor
“Lo que les quiero hablar en los próximos diez minutos tiene que ver con eso, lo que llamamos el nuevo triángulo del cobre”, introdujo Urzúa. Recordó que el concepto se inspira en el triángulo del litio, pero aclaró que en el caso del cobre “estamos hablando de un triángulo bastante más complejo. Es un triángulo con esteroides”.
El especialista planteó que la región enfrenta una oportunidad histórica: “Sin ese triángulo del cobre, el mundo está en jaque. Y sin este triángulo, la región está en jaque”. El motor de esa oportunidad es el déficit global de cobre, que alcanzará entre 17 y 20 millones de toneladas en los próximos veinte años. “Se necesitan tres a cuatro Chiles en los próximos 20 años para poder satisfacer esta demanda. No hay un país que lo puede hacer solo, no hay un proyecto que lo puede hacer solo”.
La década de Mendoza
Urzúa señaló que, tras las décadas de liderazgo de Chile y Perú, “claramente la década del 30 y 40 debe ser la década, en particular, de Mendoza”. En su exposición mostró un mapa de los principales 60 proyectos de cobre y destacó que “lo que aparece en rojo son los proyectos que estarían desarrollándose en Argentina, incluyendo San Jorge”. Según él, la participación mendocina no es aislada: “Este triángulo en donde hay relación entre los distintos proyectos… no solamente es una contribución en técnicas de producción, sino que es una invitación a participar en este tiempo”.
Mendoza, San Jorge y los pendientes
La potencialidad que describe Urzúa se complejiza con las contradicciones que atraviesan Mendoza respecto a la minería a gran escala. El proyecto San Jorge ha enfrentado resistencia social y ambiental desde hace más de una década. La falta de infraestructura básica para terminar de convencer a los inversores —rutas, energía y ferrocarril— es otro obstáculo señalado incluso por empresarios locales en el mismo foro. La ausencia de inversión concreta a gran escala mantiene en suspenso la posibilidad de que la provincia se convierta en un actor relevante del triángulo.
Un desafío colectivo
Urzúa insistió en que el desafío es compartido: “Los saltos de productividad, la atracción de capital, el desarrollo de infraestructura, la sofisticación de las bases institucionales son tan monstruosamente grandes que si lo hacemos en forma fragmentada, ninguno va a poder”. Reconoció que “muchas veces la colaboración al interior de los países se hace difícil, aún más difícil hacerlo entre países. Hay que generar mecanismos de coordinación entre el mundo privado, entre los gobiernos, entre lo público y lo privado”.
Tradición minera y proyecciones
El director de CESCO apeló a la tradición minera regional: “En Latinoamérica, esta es la historia de los últimos 10 o 15 años de producción de cobre, en donde Latinoamérica ha jugado del orden de un 40% del suministro mundial. Eso da cuenta que sabemos hacer minería”. Proyectó que la integración de Argentina podría sumar hasta 8 millones de toneladas adicionales hacia 2036. “Imagínense el potencial de desarrollo, de inversión, de empleo, de crecimiento que hay detrás de esto. Podríamos tener un salto en términos del producto per cápita del PIB de cada uno de estos países”.
Inversiones a gran escala coordinadas
En su cierre, Urzúa dejó una advertencia: “Hay que actuar como sistema, no hay que actuar en forma fragmentada. Si esto se transforma en una pelea pequeñita de qué nace la mejor minería en cada uno de los pequeños distritos mineros que constituyen este triángulo, no vamos a llegar. La producción va a ser más pequeña y la producción va a ser insustentable”. Y agregó: “La integración debe ser concreta, no solamente declaraciones. El portafolio de inversiones tiene que estar sincronizado para que los fenómenos que se gatillan con cada proyecto puedan proyectarse en el siguiente”.
La intervención de Urzúa y otros ejecutivos en Mendoza buscó instalar la idea de que la provincia puede ser parte de un engranaje mayor en la transición energética global. Pero la contradicción persiste: mientras los números del déficit mundial de cobre parecen abrir una ventana de oportunidad, en el territorio mendocino las dudas sobre la licencia social, la infraestructura y la inversión real siguen marcando el pulso a la discusión

