El proyecto de PSJ Cobre Mendocino en Uspallata. Credit: Gobierno de Mendoza
Marcelo Torrez
¿Qué hará Mendoza con la riqueza que viene? La Federación Económica de Mendoza (FEM) acaba de poner una propuesta sobre la mesa en un foro industrial realizado en el sur provincial: que una parte de las futuras regalías provenientes de la minería, el petróleo y la energía se destine a crear un fondo permanente de desarrollo productivo. La idea es utilizar esos recursos para infraestructura, tecnología, capacidad productiva y financiamiento de las pymes y destinada a los sectores que hoy no están creciendo.
En el planteo aparece, aunque no esté formulado exactamente de ese modo, una preocupación concreta: que la economía que viene no termine dejando atrás a la economía que hizo crecer a Mendoza, la tradicional, la histórica.
La provincia, como el país, está frente a una transformación que puede modificar definitivamente su matriz productiva. El cobre, el potasio y el petróleo no convencional pueden convertirse durante las próximas dos décadas en los nuevos motores de crecimiento. El Plan Pilares, que proyecta escenarios de desarrollo minero hacia 2050, calcula que Mendoza podría alcanzar una producción de unas 500.000 toneladas anuales de cobre con el desarrollo de cuatro grandes proyectos. En ese escenario, las exportaciones cupríferas podrían ubicarse en torno de los 3.150 millones de dólares anuales. A eso se suma Potasio Río Colorado y el desarrollo hidrocarburífero en Malargüe.
Los escenarios que se están elaborando permiten imaginar una Mendoza que podría multiplicar sus exportaciones. El cálculo que se viene manejando lleva las exportaciones provinciales desde los actuales 1.500 millones de dólares aproximadamente hasta unos 3.500 millones adicionales solamente por el nuevo bloque minero y energético. Es mucho dinero para la escala actual. Por eso hay que empezar a discutir qué se hará con él. La mayor riqueza que se espera, ¿transformará el conjunto de la economía provincial?
Hoy Mendoza se aprecia entre dos bloques económicos bien visibles, el tradicional y el emergente. Uno es el que Mendoza conoce desde hace generaciones: el agro, la vitivinicultura, la frutihorticultura, la agroindustria, la industria vinculada a esas actividades, la metalmecánica, el comercio y buena parte de la construcción.
El otro es el que empieza a tomar forma: cobre, potasio, petróleo no convencional, energía y todas las actividades que puedan desarrollarse alrededor de esos sectores.
La tentación sería pensar que uno reemplazará al otro. Lo inteligente sería sumarlos y potenciarlos. Si hay algo que muestran los números es que ambos bloques tienen una característica muy diferente: no producen de la misma manera ni distribuyen de la misma manera la riqueza y el empleo.
Las proyecciones que se manejan para 2050 ubican al bloque tradicional alrededor de los 100.000 puestos de trabajo, aun en un escenario de fuerte tecnificación, automatización del riego y mecanización de tareas. Su capacidad exportadora podría estabilizarse en torno de los 1.100 millones de dólares anuales, condicionada, entre otras cosas, por la disponibilidad de agua y el cambio climático.
El bloque emergente, en cambio, podría generar unos 65.000 puestos de trabajo entre empleos directos e indirectos y aportar una cantidad de divisas muy superior. El cobre puede generar varios miles de millones de dólares con una cantidad de trabajadores mucho menor que la necesaria para sostener una extensa cadena agroindustrial. La diferencia está en la calidad y monto de los salarios.
La minería es intensiva en capital. La agricultura y buena parte de la agroindustria son mucho más intensivas en trabajo. Viene bien identificar cuál genera más empleo, cuál distribuye más actividad territorialmente, cuál permite la supervivencia de más pequeñas empresas y cuál construye capacidades que después pueden utilizarse en otras actividades. Y no discutir cuál conviene entre las dos.
Si las nuevas actividades producen una renta extraordinaria para el Estado a través de las regalías, una parte de esos recursos podría volver a la economía en forma de inversión productiva. Podrían ayudar a que las empresas existentes puedan reconvertirse, incorporar tecnología, comprar maquinaria, innovar y convertirse en proveedoras de las nuevas cadenas de valor.
Una metalmecánica que hoy trabaja para la vitivinicultura podría mañana trabajar para la minería. Y se prepara para ello. Como las empresas del transporte, las constructoras, las empresas de servicios tecnológicos.
La riqueza nueva podría, de esa manera, generar una economía nueva alrededor de actividades que ya existen. Eso es muy diferente a repartir regalías. Es intentar convertir una renta de recursos naturales en una política permanente de desarrollo.
Un Estado inteligente ya tendría que estar analizando lo que viene. Anticipar las necesidades de infraestructura, formación, tecnología, agua, energía y logística que tendrá una Mendoza mucho más integrada a los mercados internacionales.
También un Estado capaz de garantizar que las nuevas inversiones no funcionen como enclaves productivos desconectados del resto de la economía provincial. Alrededor de los nuevos sectores se cree que tendrá que aparecer un ecosistema de empresas locales capaces de proveer bienes y servicios, incorporar tecnología, formar trabajadores y capturar una parte mayor del valor que se genere.
La discusión sobre el Estado vuelve a la escena, o al menos obliga a mirarlo. Dentro de veinte años probablemente Mendoza tenga una estructura productiva bastante diferente de la actual. Es posible que el cobre esté en plena producción. Que el potasio haya encontrado finalmente su escala. Que el petróleo no convencional de Malargüe tenga otra dimensión. Que las exportaciones provinciales sean mucho mayores.
Pero también puede ocurrir que la provincia tenga que seguir sosteniendo una agricultura cada vez más eficiente con menos agua, una vitivinicultura más tecnificada, una agroindustria obligada a reducir costos y una trama de pequeñas empresas tratando de sobrevivir en un mercado mucho más competitivo.
Como hoy la actual generación mira con recelo el pasado por todo lo que se hizo mal, en veinte años los protagonistas de entonces se preguntarán que se hizo veinte o treinta años atrás.
Vale hoy cuestionarse, casi como obligación, el uso de la renta que pueda llegar a conseguirse, si fue a gasto corriente o a infraestructura. Si las regalías se consumieron o si ayudaron a financiar tecnología. Si sirvieron para sostener estructuras que inevitablemente iban a desaparecer o para transformar empresas capaces de competir en las nuevas cadenas de valor.
Se trata de una discusión que tiene que comenzar ahora. Está claro que la provincia no tiene que elegir necesariamente entre la Mendoza del vino y la Mendoza del cobre. Puede intentar construir una provincia en la que el cobre, el potasio y el petróleo financien parte de la transformación del vino, del agro, de la industria y de las pymes.
La nueva economía puede ser una amenaza para la vieja estructura productiva. Pero también puede ser su oportunidad de reconversión.
Todo eso necesita de una decisión política. El debate sobre la Mendoza de 2050 debería empezar en la campaña de 2027. No para discutir solamente quién administrará la provincia durante los próximos cuatro años. También para saber qué piensa hacer la política con una transformación económica que puede durar las próximas dos décadas. Siempre se está a tiempo de decidir qué Mendoza queremos construir con la riqueza proyectada, pero si es ante mucho mejor