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La singular historia de Tapso
El pueblo vive una rareza que, para sus habitantes, es simplemente la vida cotidiana. El ferrocarril divide al territorio entre Santiago del Estero y Catamarca, pero las familias, la escuela, los recuerdos y hasta las necesidades, cruzan de un lado al otro como si la frontera no existiera.
Hay pueblos que nacen alrededor de una plaza; otros, de un río o una iglesia. Tapso, en cambio, creció alrededor de una vía férrea que terminó convirtiéndose en frontera. De un lado, Santiago del Estero; del otro, Catamarca; una misma calle cambia de provincia con apenas cruzar los rieles. Sin embargo, para quienes viven allí, esa división nunca alcanzó para dividir realmente al pueblo.
Fundado a mediados de 1850 (según diferentes versiones), sobre la ruta 157, Tapso fue creciendo entre el monte, el ferrocarril y el ir y venir de familias que hicieron de ese rincón del país un lugar donde todavía todos se conocen por su nombre. Con el paso de los años, la música, las academias de danza, el deporte y las celebraciones populares fueron tejiendo una identidad compartida que no entiende de límites políticos.
“Nos separa la vía, pero no nos desune”, resume con sencillez el comisionada municipal de Tapso Santiago del Estero, el folklorista Julio “Ruly” Vega, en una frase que parece contener todo el sentimiento de un pueblo.

Para Elías Valdez, creador de Tapso Noticias, nacido en Frías, criado en Tapso y hoy radicado en Córdoba, la identidad tapseña también trasciende cualquier mapa. “Le tengo mucho cariño al pueblo porque conozco su historia y la idiosincrasia”. Desde la distancia Elías sigue contando lo que ocurre allí, convencido de que pocas comunidades reflejan tan claramente la capacidad de reinventarse.
Tapso funciona como centro de una amplia zona rural; a su alrededor se distribuyen numerosos parajes tanto del lado santiagueño como del catamarqueño, cuyos habitantes terminan confluyendo en el pueblo para estudiar, hacer compras, trabajar o resolver trámites.
Pero vivir en el interior profundo obliga también a desarrollar una habilidad particular: “El tapseño se rebusca como puede, hace de todo, donde no hay para sobrevivir”, resume Valdez, en una frase que no habla solamente del trabajo, sino de una forma de habitar un territorio donde las oportunidades no abundan. “En Tapso no hay muchas opciones, como en tantos pueblos del interior, o sos municipal o sos policía”, describe.
Esa lógica de rebuscárselas, encontró durante décadas una ventaja inesperada en la propia división provincial: si un servicio faltaba de un lado, podía encontrarse del otro, “Cuando no había asistencia en una provincia, se iba a la otra. Si no conseguíamos algo de este lado, lo podíamos conseguir del otro”, rememora Valdez, describiendo una situación que para cualquier visitante sugeriría una frontera, para los vecinos resulta apenas una calle más.

Las diferencias, sin embargo, existen. “Cruzás la vía y ya cambia la realidad”, reconoce Ruly Vega. Del lado catamarqueño hay hospital, cajero automático, más maquinaria vial y un parque automotor que permite sostener mejores servicios. Del lado santiagueño, la comuna administra un territorio mayor, aunque con recursos mucho más limitados.
“Ellos cuentan con camiones, tractores, colectivos, maquinaria vial y una localidad mucho más pequeña. Eso hace que se note más. Uno cruza la vía y en un lado hay asfalto; del otro todavía quedan obras inconclusas de hace años”, explica el comisionado.
Aun así, la vida cotidiana ignora esas diferencias administrativas, ya que los chicos cruzan todos los días para asistir a la escuela secundaria de Catamarca, mientras que en Santiago funciona solamente el nivel primario. Las familias están mezcladas desde hace generaciones y los vínculos atraviesan permanentemente la frontera.

La pandemia fue, quizás, el momento en que esa división se volvió más absurda. “Fue un problema enorme pasar de una provincia a otra, siendo que todos éramos vecinos. Literalmente, todos se conocen con todos porque todos tienen algún vínculo”, recuerda el creador de Tapso Noticias.
Pero no fue la primera vez que las decisiones tomadas lejos del pueblo alteraron su rutina, Valdez todavía conserva un recuerdo de cuando ambas provincias aplicaban husos horarios distintos: “Yo vivía del lado santiagueño, pero iba a la escuela del lado de Catamarca. Salías a una hora para llegar a otra, era un lío con los horarios de entrada y salida”, cuenta entre risas, evocando una situación que para cualquier visitante resonaría inverosímil.

Ni siquiera el origen del nombre logra ponerse de acuerdo con la historia; algunos sostienen que proviene de las familias Tapia y Sosa, cuyos apellidos habrían dado nacimiento a “Tapso”. Otros hablan de una deformación de una palabra utilizada por los trabajadores ferroviarios durante el tendido de las vías. También hay quienes aseguran que hace referencia a una flor de la zona.
“No hay una única versión”, admite Vega, aunque lo que sí parece tener una sola definición es el carácter de quienes habitan el pueblo. “Acá la gente es humilde, nos conocemos todos, somos solidarios. Como en todos lados, tenemos nuestras cosas, pero el espíritu del tapseño es genuino, tranquilo, de gente noble”, afirma el comisionado.

Esa convivencia también alcanzó a las instituciones: si durante años las diferencias partidarias dificultaron el trabajo conjunto entre ambas administraciones, hoy el escenario es distinto. “Tenemos una muy buena relación, de hecho, hace un rato estuvimos reunidos viendo si podemos organizar actividades en conjunto, un festejo por el Día del Niño o un pequeño rally. Antes los signos políticos eran motivo para no hablarse; hoy entendemos que hay que trabajar juntos”, afirma Vega.
El pueblo también cambió. Quedan cada vez menos rastros de la actividad que le dio impulso durante décadas: la producción de carbón, la extracción de leña y la ganadería fueron cediendo terreno frente al avance de los grandes campos privados: “Ya poco queda de aquello por lo que el pueblo se había fundado, el campo no es lo mismo”, lamenta el comisionado santiagueño.
Sin embargo, hay algo que permanece intacto desde hace más de dos siglos; en Tapso las vías siguen marcando el límite entre dos provincias, pero nunca lograron convertirse en una frontera entre vecinos. Allí, donde los mapas insisten en dividir, la vida cotidiana sigue empeñada en demostrar que el pueblo es uno solo