Hablar de minería desde una redacción, un estudio de televisión o detrás de un micrófono implica trabajar con datos, voces, informes y muchas veces también con imaginarios construidos alrededor de una actividad que sucede a cientos de kilómetros, muchas veces en contextos inhóspitos. Sin embargo, existe un salto cuántico cuando se rompe la barrera de la distancia y se conoce los proyectos mineros desde adentro.
Ese fue el eje abordado en Territorio Minero, en una mesa que reunió a Agustín Frezze, director Legal de Mansfield Minera, y a los periodistas Ana Lía Parodi, Rubén Fernández Paz y Joaquín Lizárraga, quienes recientemente visitaron Mina Lindero como parte del programa Puertas Abiertas que impulsa la compañía.
Para Mansfield, abrir una mina en producción a personas que llegan desde ámbitos completamente diferentes forma parte de una política sostenida desde hace varios años. Según explicó Frezze, Puertas Abiertas nació hace cinco con una premisa concreta: permitir que la comunidad conozca qué sucede realmente dentro de una operación minera.
“La finalidad es esa, es poder abrirle las puertas de una operación minera a la gente, para desmitificar lo que es la minería”, explicó.
El programa comenzó principalmente con instituciones educativas y fue recibiendo a estudiantes, técnicos y profesionales de diferentes espacios formativos. Esta vez, la invitación se abrió a otros sector, eligiendo a los periodistas, que en definitiva son quienes tienen la responsabilidad de contar la actividad.
Abrir las puertas, también a las preguntas
La experiencia tuvo una particularidad que los tres periodistas destacaron durante la entrevista. No se trató solamente de recorrer instalaciones o escuchar una presentación institucional. Pudieron conversar directamente con trabajadores de diferentes áreas, preguntar, fotografiar, filmar y observar la dinámica cotidiana de una operación que continúa funcionando mientras recibe visitantes.
Frezze explicó que esa modalidad es deliberada. Son los propios trabajadores quienes reciben a los contingentes y explican sus tareas, sin intermediarios preparados especialmente para ofrecer un discurso institucional. “La idea es esa, es que ustedes puedan vivir y vean el día a día de esta operación”, sostuvo.
Para Ana Lía Parodi, esa apertura contrastó con algunos de los preconceptos con los que llegó a Lindero. “Uno tiene la idea de que va a un lugar restringido y que tiene que pedir permisos para ver qué se puede contar, qué no se puede contar, qué se puede mostrar”, relató. Sin embargo, recordó que pudieron desplazarse con libertad, hablar con las personas que encontraban y preguntar “de todo”.
Rubén Fernández Paz completó esa percepción desde otro lugar. Las respuestas, dijo, fueron abiertas y honestas, pero además encontró una coincidencia que le llamó particularmente la atención: trabajadores de distintas áreas describían a Lindero como una segunda casa y hablaban del vínculo construido entre quienes comparten turnos de 14 días en la Puna.
Cuando detrás de una mina aparecen las personas
Quizás uno de los principales aprendizajes del viaje haya surgido lejos de los aspectos técnicos de la operación. Ana Lía planteó que allí existe también una oportunidad para el periodismo, para dejar de mirar únicamente las dimensiones de los grandes proyectos y empezar a contar quiénes son las personas que los hacen posibles.
“Uno a la distancia puede tener un monstruo en la cabeza pensando en minería, en la cantidad de frases hechas que se fueron instalando como verdades y que hay que desmitificarlas”, reflexionó. Para ella, abrir las puertas permite ponerles nombres, rostros e historias a procesos que desde la ciudad pueden parecer lejanos.
Y entre esas historias apareció Ramona. Trabajadora de Lindero y vecina de la zona, antes se dedicaba a las artesanías y hacía dedo a las camionetas que trasladaban geólogos para poder moverse y vender sus productos. Con el tiempo terminó trabajando en aquella misma mina que había visto nacer. Durante la visita habló de sus hijas, de las oportunidades que hoy tienen y de cómo cambió su calidad de vida.
Para Parodi, historias como esa condensan algo difícil de transmitir desde una estadística. “Me habló de palabras que quizás nosotros en la ciudad las tenemos y no sospechamos que allá, a partir de la vida en la mina, hay personas que pueden empezar a vivir distinto”.
“Era desierto y ahora hay vida”
Para Joaquín Lizárraga también fue su primera experiencia en una mina metalífera. Y una de las primeras dimensiones que lo sorprendió fue la escala necesaria para sostener una operación en medio de la Puna.
“Uno no toma dimensión muchas veces desde la infraestructura que tienen estos lugares, de cómo se monta una ciudad de la nada”, señaló. Y lo resumió en pocas palabras: “Era desierto y ahora hay vida”.
Pero su mirada terminó especialmente atravesada por el impacto sobre las comunidades cercanas. Durante el recorrido escuchó historias de familias cuyos hijos podrán convertirse en la primera generación universitaria y de personas que encontraron oportunidades laborales sin tener que abandonar sus lugares de origen.
Rubén Fernández Paz aportó a esa mirada una perspectiva que le dieron sus propios años de profesión. Había conocido Tolar Grande décadas atrás, cuando gran parte de sus jóvenes se marchaban buscando oportunidades en otros puntos del país. Hoy observa el movimiento inverso.
“Tolar Grande se está llenando de todos los que vuelven a encontrar las mejores oportunidades. La minería está transformando de una manera muy fuerte toda la realidad de la Puna. Me parece que hay un escenario de transformación profunda”.
La transparencia como parte de la licencia social
¿Cómo pueden ayudar estas iniciativas a construir la licencia social? Frezze explicó que el vínculo entre Mansfield y Tolar Grande comenzó mucho antes de que Lindero llegara a producción. Desde las primeras etapas de exploración hubo trabajo con la comunidad y, cuando comenzó la construcción, la empresa tomó la decisión de incorporar y capacitar trabajadores salteños incluso sin experiencia previa en la operación de maquinaria minera.
Actualmente, Lindero reúne alrededor de 500 trabajadores y, según detalló, el 75% son salteños. La compañía mantiene además una oficina permanente en Tolar Grande y promovió allí la creación de un Centro Universitario Virtual para que jóvenes de la localidad puedan estudiar sin necesariamente trasladarse a la ciudad de Salta.
Para Frezze, ese vínculo no admite atajos. “La licencia social, ojo, es algo que se trabaja a diario, lleva mucho tiempo, no es sencillo, pero es diálogo, es información oportuna, es conversar con la gente”.
Lo que también se descubre cuando se mira de cerca
La visita permitió encontrar otros datos que no necesariamente estaban incluidos en una presentación formal.
Parodi destacó la presencia de mujeres en lugares históricamente masculinizados. No solamente en hotelería o gastronomía, sino como ingenieras, operadoras de planta, conductoras de camiones y en posiciones con capacidad de decisión. También descubrió que parte de la indumentaria utilizada en la operación es confeccionada por una cooperativa de mujeres.
Otro de los aspectos que llamó la atención fue la generación energética. Lindero cuenta con un parque solar construido hace tres años que, según explicó Frezze, permite cubrir durante las horas de sol aproximadamente el 40% de las necesidades energéticas de la planta, la operación y el campamento. Eso implica reducir el consumo de combustibles fósiles, la huella de carbono y también la cantidad de camiones que deben trasladar combustible hasta la mina.
Son aspectos que, para los periodistas, adquirieron otra dimensión al poder observarlos en funcionamiento.
Comunicar minería después de haber estado ahí
Sobre el final de la entrevista en Territorio Minero apareció una pregunta inevitable: qué cambia para un periodista después de conocer una mina desde adentro.
Para Parodi, la respuesta está en las personas. “Me quedo con las historias de vida”, afirmó. Por su parte, Lizárraga sumó la dimensión de las distancias, los recursos movilizados y la complejidad que implica sostener diariamente una operación con cientos de personas. Haberlo visto permite incorporar elementos que difícilmente puedan comprenderse del mismo modo desde afuera.
Y allí quizás esté el mayor valor de una iniciativa como Puertas Abiertas. No se trata de que una visita reemplace la mirada crítica del periodismo. Se trata de agregarle experiencia, preguntas y contexto. De cambiar incertidumbres por conocimiento. De poder preguntar viendo aquello sobre lo que después habrá que informar. Y de entender que detrás de palabras enormes como minería, inversión, producción o desarrollo hay cientos de historias individuales que también merecen ser contadas