“Acá Starlink está prohibido”El pueblo en la salvaje costa patagónica que recibe a los que buscan soledad

“Acá Starlink está prohibido”El pueblo en la salvaje costa patagónica que recibe a los que buscan soledad

Pioneros. En Cabo Raso, a fines del siglo XIX se asentaron noruegos con linaje vikingo

Por Leandro Vesco . Fotos Ricardo Pristupluk

CABO RASO, Chubut.- “Acá Starlink no entra, está prohibido”, proclama Eliane Fernández desde Cabo Raso, un pueblo fantasma que llegó a tener 300 habitantes en las primeras décadas del siglo pasado y con la pavimentación de la ruta 3 quedó olvidado sobre la vieja ruta 1 chubutense, una serruchada huella de ripio y tierra calcárea que cruza la estepa hasta llegar a la costa salvaje de una Patagonia deshabitada y pretérita. Donde pocos llegan, restauró una vieja casona de más de un siglo y creó el Refugio El Cabo. “Nosotros somos los Otros”, dice Eliane. Cabo Raso está aislado de todo lo conocido. A 150 kilómetros de Trelew y a 80 de Camarones, otro pueblo costero sobre la ruta 1 que tuvo mejor suerte que su vecino. Juan Domingo Perón pasó su infancia en Camarones, que aún conserva construcciones típicas patagónicas de chapa y techo a dos aguas, y casi 2000 habitantes. “Paso muchas semanas en la más completa soledad”, afirma Eliane. Hace 20 años decidió cambiar de vida, dejar Trelew y autoexiliarse en un pueblo en ruinas frente al mar. “Si soñaste que se puede hacer de este mundo, uno mejor, crealo”, sentencia Eliane. Así lo hicieron junto a su pareja Eduardo González. Hasta 1970 la ruta 1 era la única conexión entre Puerto Madryn y Comodoro Rivadavia, al sur de la provincia. En 1973 se asfaltó la ruta 3, que quedó a 90 kilómetros de la costa. “El asfalto es el mundo conocido, acá, vivimos en el otro mundo”, asegura Eliane. Ese otro mundo fue creado por el matrimonio. Tiene sus propias reglas. Una en particular: la prohibición de usar internet.

<span class=nd-epigrafe-etiqueta>Proyecto. </span> Eliane Fernández restauró una vieja casona de más de un siglo y creó un refugio en Cabo Raso
Proyecto. Eliane Fernández restauró una vieja casona de más de un siglo y creó un refugio en Cabo Raso

“Crea contaminación psíquica. Cuando vienen con las antenas de Starlink les digo que no, que eso acá no entra, vivimos libres de señal”, sostiene Eliane. Ni telefónica, ni datos, ninguna llega a Cabo Raso. Tampoco existen salas sanitarias, ni almacenes ni comercios. La única presencia humana es la de Eliane y sus huéspedes, que vienen de todas partes del país y del mundo para vivir una experiencia extrema para estos tiempos: vivir sin celular. “Debe ser de los pocos lugares donde nadie usa Instagram”, cuenta Eliane. Dos o tres veces al mes viaja a Trelew. Allí busca el bien más preciado: el agua. La napa de Cabo Raso es salobre. Sólo se puede usar para limpiar y para el baño. No es potable. En cada viaje trae 20 o 30 bidones de cinco litros de agua para consumo humano y frutas y verduras. “Acá no hay árboles y la tierra no permite que crezca nada”, afirma Eliane. “Logré que crezcan ocho plantas de lechuga”, afirma orgullosa. Una vez en la ciudad, levanta los mensajes de los futuros pasajeros, completa las reservas y se comunica con sus hijos. Y no mucho más. A los que quieren ir al Refugio, les envía coordenadas y un instructivo con las normas de convivencia. “No trabajo en ningún ministerio de educación, pero me siento una docente”, confiesa Eliana. ¿Qué enseña?

Cabo Raso, un pueblo costero en la inmensidad de la Patagonia

“A recuperar todo lo que hemos perdido: la oscuridad, la noche y el silencio, a cuidar la Patagonia”, afirma. Sin ninguna contaminación lumínica, ni rastro del mundo moderno, su Refugio se mueve a un ritmo lento. Un viejo generador tose y tiembla cuando el sol se va. En invierno, después de las 16, el cielo se vuelve penumbroso, las pesadas olas chocan contra el canto rodado produciendo un soliloquio efervescente. Unos paneles solares ayudan apenas a mantener iluminados los ambientes y las habitaciones. ¿Cuáles son las consecuencias directas de vivir en la aislación extrema? “Sentis que comienzan a despertarse cosas que tenías dormidas: volver a dormir en silencio, o ver el cielo, las estrellas”, afirma Eliane. El desierto estepario es una manta donde ninguna vegetación sobrepasa el medio metro. Árido y por momentos terminal, indetenible. Es un espacio donde pocas especies pueden vivir. Zorros, maras y choiques transgreden las normas implacables y cruzan por el camino. También los guanacos. El camino tiene profundos badenes por donde se intuyen corrientes de agua. Es difícil imaginar que alguna vez llueva. Las grietas en la tierra son anchas y profundas.

<span class=nd-epigrafe-etiqueta>Historia. </span> Recién en 1930 llegaron los primeros autos a la región, antes la única posibilidad de llegar a Cabo Raso era por agua
Historia. Recién en 1930 llegaron los primeros autos a la región, antes la única posibilidad de llegar a Cabo Raso era por agua

Cabo Raso tiene algunos hitos en su historia que lo hacen peculiar. Aquí se asentaron a fines del siglo XIX noruegos con linaje vikingo. Familias acostumbradas a las costas frías y salvajes. En 1899, una gran inundación del Río Chubut dejó aislados a los colonos y el presidente Julio Argentino Roca, cruzando toda la Argentina conocida y desconocida, se hizo presente y prometió hacer una red telegráfica para conectar estos parajes. La promesa la cumplió un año después. El 26 de diciembre de 2000, el propio Roca desde Buenos Aires envió un telegrama a la precaria estación de Cabo Raso. “Yo creo que antes éramos más modernos que ahora”, señala Eliane mirando el mar. Recién en 1930 llegaron los primeros autos a la región. La única posibilidad de llegar a Cabo Raso era por agua. Hasta que se dibujó la ruta 1. Fue un puerto natural. Los colonos acopiaban aquí la lana que era embarcada hacia el puerto de Buenos Aires. Un almacén de ramos generales llamado “La Castellana” era el punto de encuentro. “Mi idea es poder vivir como en esos años”, sostiene Eliane. “Vivir esta realidad donde ves pocos seres humanos”, agrega. Después de veinte años, encontró conclusiones. “No tengo la necesidad de conectarme a internet. El sistema inventa esa necesidad que nos hace creer que estamos comunicados, pero es una ficción: estamos más incomunicados que nunca. Ni siquiera usamos los teléfonos para hablar”, reflexiona Eliane. Piensa en la necesidad de regresar a escribir cartas. “Tomarte tres días, escribir una carta y esperar a recibir la respuesta: ¿no sería maravilloso?”, se entusiasma Eliane.

“Los seres humanos necesitan estar con otros seres humanos, pero la realidad acá nos muestra a los Otros, los que quieren ver estrellas y escuchar sus pensamientos”, dice Eliane. Un barco naufragado, una hamaca solitaria en la orilla, la blanca y radiante sal que se cristaliza en las rocas, una baliza náutica abandonada que alertó a los marinos en tiempos pasados, la espaciosa bahía y el viento indisciplinado del sur. “Esto es la Patagonia, vivimos sin agua y lejos de todos, acá volvés a ser humano”, afirma Eliane. “Son lugares muy puros”, dice Martín Moroni, viejo conocedor de la ruta 1 y de esta costa. Es de Trelew y creó Sal de Aquí, un proyecto gastronómico que se basa en la producción de cristales de sal marina a partir de agua de la bahía de Cabo Raso y de las salinas de la Península Valdés. Los principales chefs del país la usan. “Es una costa solitaria, nadie pasa por acá, estás desconectado de todo”, afirma Moroni. Suele quedarse con Eliane cuando viene a buscar agua en su camión cisterna para hacer la sal. La acompaña con su pareja y la hija. “Es una mujer muy valiente. Este lugar no es para cualquiera”, confiesa Moroni.

El corazón de la casa. En el living del hospedaje principal, un gran hogar da calor. El fuego une

Un hecho le da a Cabo Raso trascendencia internacional. En 1987, la Fuerza Aérea Argentina eligió el pueblo deshabitado para construir instalaciones, entre ellas un búnker y plataformas de lanzamiento para el proyecto más ambicioso que tuvo nuestro país en materia armamentística. El cohete Proyecto Condor II, un misil que podía tener una autonomía de hasta 1000 kilómetros, con capacidad de llevar una ojiva nuclear. Argentina hizo todo el desarrollo de la tecnología, el combustible sólido y los sistemas de navegación. La razón por la cual Estados Unidos presionó para cancelar el plan. Desde Cabo Raso, el misil podía llegar a objetivos en las Islas Malvinas. Las instalaciones quedaron abandonadas. Ese búnker ahora fue reciclado por Eliane y es un hospedaje repleto de paz y calma. “Es un refugio para seres que necesitan salir del sistema. Te tiene que gustar estar solo y amigarte con esa soledad”, anticipa. En el living del hospedaje principal, un gran hogar da calor. El fuego une. También lo usan para cocinar carnes a la estaca. Una mesa generosa es el punto de encuentro.

<span class=nd-epigrafe-etiqueta>Cambio. </span> Hace 20 años, Eliana decidió cambiar de vida, dejar Trelew y autoexiliarse en un pueblo en ruinas frente al ma
Cambio. Hace 20 años, Eliana decidió cambiar de vida, dejar Trelew y autoexiliarse en un pueblo en ruinas frente al mar

Una ventana con vista al mar ofrece la plena certeza de estar en un bucle temporal, donde la belleza se confunde con los tonos brillantes que el sol melancólico refleja en el agua. Dos ballenas eligen acercarse a la costa, de aguas profundas. “Vienen mucho, parece que eligen este lugar para hablar y estar tranquilas”, dice Eliane. Ella suele ir a la costa cuando las ve. “Les hablo y sé que me entienden”, confiesa. “Acá no hay menú; es lo que haya en el día. El mercado más cercano está en Camarones”, afirma Eliane. Carne de guanaco, cordero, o la pesca del día. Suelen salir piezas grandes de salmón blanco. El desayuno es patagónico: queso, manteca, algún pedazo de carne, café de filtro. Una cocina a leña lo mantiene caliente, pero también entibia las paredes y la esperanza. Afuera, el invierno alimenta nubes oscuras que parecen de obsidiana, sólo anticipan frío. El largo invierno estepario.

<span class=nd-epigrafe-etiqueta>Paisaje. </span> El desierto estepario es una manta donde ninguna vegetación sobrepasa el medio metro
Paisaje. El desierto estepario es una manta donde ninguna vegetación sobrepasa el medio metro

“La comodidad es lo que ha destruido la intuición del ser humano. Hablo del teléfono, pero también de la heladera y los electrodomésticos”, dice Eliana. La vida en Cabo Raso es primitiva y elemental. Muy raras veces llueve en esta costa patagónica y el agua es un tesoro. Gran parte del año están ella y Eduardo. No es una ruta naval usual, así que no ven barcos, sólo satélites en el cielo por la noche. Las señales humanas llegan del cosmos. Cabo Raso es un refugio para los exiliados de las redes y las conexiones digitales. Un regreso a los sentidos más básicos. “Nosotros trabajamos para poder recuperar lo perdido, el silencio y la esencia humana”, concluye Eliane

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