Un ejercicio hidrogeológico permite estimar cuánto tardaría en llenarse de agua una mina a cielo abierto y ayuda a entender qué podría ocurrir en regiones áridas como Santa Cruz
Cuando se observa una mina a cielo abierto en plena producción, resulta difícil imaginar cómo será ese lugar dentro de diez, veinte o treinta años. Sin embargo, una vez finalizada la explotación, una de las preguntas más frecuentes es qué ocurrirá con el enorme hueco que queda en el terreno. ¿Permanecerá vacío? ¿Podría llenarse de agua? ¿Es posible que termine convirtiéndose en una laguna o incluso en un lago?
Aunque la respuesta depende de numerosos factores geológicos, climáticos e hidrogeológicos, un ejercicio técnico difundido recientemente por especialistas permite comprender de manera sencilla cómo se realizan este tipo de estimaciones y cuáles son las variables que más influyen en el proceso.
Antes de avanzar, es importante aclarar que no todas las minas son iguales. Mientras algunas operaciones se desarrollan mediante galerías y túneles subterráneos, otras avanzan a través de grandes excavaciones superficiales conocidas como minas a cielo abierto. El ejemplo analizado corresponde a este último caso, es decir, a esos enormes «pits» que suelen observarse desde grandes distancias y que, una vez concluida la actividad, pueden comenzar a acumular agua.
El caso planteado es ficticio, pero permite ilustrar una situación que despierta interés en cualquier región minera y que adquiere características particulares en Santa Cruz. A diferencia de otras zonas del país, gran parte del territorio provincial presenta un clima árido o semiárido, con precipitaciones relativamente bajas durante el año, fuertes vientos y elevados niveles de evaporación. Por esa razón, muchas personas podrían pensar que resulta difícil que una excavación minera llegue a llenarse de agua.
Sin embargo, los cálculos muestran que las lluvias no siempre son el factor más importante.

En el ejercicio considerado, la precipitación anual alcanza los 550 milímetros, mientras que la evaporación potencial llega a los 900 milímetros. Esto significa que el sistema pierde más agua por evaporación de la que recibe directamente a través de las lluvias. Si se trasladara esta situación a buena parte de Santa Cruz, donde en numerosas áreas las precipitaciones son incluso menores, el aporte atmosférico tendría todavía menos relevancia.
La sorpresa aparece cuando se analiza el comportamiento de las aguas subterráneas.
Según el ejemplo, el principal ingreso de agua proviene de un acuífero capaz de aportar alrededor de 150 litros por segundo. Traducido a valores anuales, esto representa aproximadamente 4,7 hectómetros cúbicos de agua por año, una cantidad ampliamente superior a la influencia que pueden tener las lluvias o la evaporación sobre la superficie de la excavación.
En otras palabras, el futuro de una mina abandonada depende muchas veces más de lo que ocurre bajo tierra que de lo que sucede en la superficie.
Tomando como referencia una excavación de 100 metros de profundidad y una capacidad cercana a los 30 hectómetros cúbicos, los especialistas calcularon que el llenado completo podría producirse en aproximadamente seis años y medio.
Otro aspecto llamativo del análisis es que, aun incorporando escenarios asociados al cambio climático, con una reducción de las precipitaciones y un aumento de la evaporación, la diferencia en el tiempo estimado de llenado resulta mínima. Esto vuelve a demostrar que, para este tipo de casos, el comportamiento hidrogeológico suele tener mucho más peso que las condiciones climáticas.
Naturalmente, se trata de una aproximación simplificada. En la realidad intervienen numerosos factores adicionales, como cambios en los caudales subterráneos, variaciones geológicas, escorrentías superficiales, calidad del agua y otras condiciones que pueden modificar significativamente el resultado final. Por esa razón, los estudios de cierre de mina suelen apoyarse en modelos numéricos mucho más complejos y precisos.
Aun así, el ejercicio permite comprender una realidad que muchas veces pasa desapercibida: incluso en regiones áridas como Santa Cruz, donde las lluvias son escasas y los vientos favorecen una fuerte evaporación, una mina a cielo abierto puede llegar a llenarse de agua en relativamente pocos años si existe una conexión significativa con los acuíferos de la zona.
Comprender estos procesos es una parte fundamental de la minería moderna y del diseño de los planes de cierre, una etapa cada vez más importante para garantizar la gestión responsable del recurso hídrico y el adecuado comportamiento ambiental de los proyectos una vez finalizada la producción.
Por: Extremo Minero