El Federalismo como realidad posible

El Federalismo como realidad posible
Abel Cornejo

El tiempo presente tiene una infinidad de particularidades. Una de ellas es la falta de un proyecto nacional. Parecería ser una antigualla siquiera esbozar ese tema. Podría presentárselo de otro modo, a lo mejor: ¿qué haremos con la Argentina?

Inquirir sobre ese tema no es mera retórica, pues resulta evidente que las diferentes variables económicas y el humor de los mercados no traen aparejadas soluciones duraderas a la concepción de un país que como forma de gobierno eligió: la representatividad, la República y por cierto el federalismo. Esa trilogía es interdependiente. Si la representatividad está en crisis, la República se torna débil y el federalismo simplemente se queda en una expresión de deseo. Cualquier parecido con la realidad no es mera casualidad, es lo que nos toca vivir cotidianamente.

No lo dice una mera opinión provinciana; la trilogía está establecida al comenzar la normativa de nuestra Constitución Nacional. Así como la sanción de una ley de coparticipación federal para la distribución equitativa de los recursos que le corresponden a cada provincia, lleva un atraso de treinta y dos años. Mientras tanto, el «Fervor de Buenos Aires» al decir de Borges, nos va llevando a una inercia donde las provincias son cada día menos provincias.

La posibilidad de crear regiones, una mera utopía y el centralismo y sus arbitrariedades se han vuelto una constante. La moneda corriente de la distribución discrecional.

Alguna vez habría que recordar que nadie nos impuso ser federales. Fue la manera en que en 1853 se decidió organizar la forma de gobernar la Argentina. Para quien escribe, no es correcto mencionar a 1860, porque a partir de Pavón es donde se inclinó la balanza en desmedro justamente del incipiente federalismo argentino.

En el libro el Federalista, serie de ochenta y cinco artículos escritos por Hamilton, Madison y Jay, en el bienio 1787 – 1788 puede leerse que: «Las regulaciones entrometidas y poco amistosas de algunos estados, yendo contra el espíritu de la Unión, han causado, en diversas ocasiones, que otros estén resentidos, manifestando de modo reiterado sus quejas».

Si trajésemos esa frase a la realidad nacional podríamos colegir que, permanentemente, los gobernadores deben clamar por la asistencia nacional ante un goteo de recursos que desnaturaliza por completo la esencia del federalismo. Ese panorama es el que puede avizorarse con la parálisis de las obras públicas esenciales como lo es. O con la falta de abastecimiento gasífero para las industrias o de cualquier proyecto regional integrador. El goteo de recursos sólo apareja atraso y miseria, inexorablemente. ¿No habrá llegado acaso la hora de la reversión y de la revisión, en este sentido? El futuro del modo como está planteado actualmente no se presenta incierto, sino aciago. Porque el proyecto nacional, al que antes hice referencia, no es otra cosa que aplicar a rajatabla la letra de la Constitución, porque en sí misma es el único programa de gobierno que puede traer desarrollo.

No es una utopía

La Constitución no es una utopía. Juan Bautista Alberdi en sus famosas Bases, enseña que: «La Constitución es la carta de navegación de la Confederación Argentina. En todas las borrascas, en todos los malos tiempos, en todos los trances difíciles, la Confederación tendrá siempre un camino seguro para llegar a puerto de salvación, con sólo volver sus ojos a la Constitución y seguir el camino que ella le traza, para formar el gobierno y para reglar su marcha…» Confederación Argentina, sigue siendo uno de los nombres oficiales de nuestro país, según el artículo 35 de la Constitución Nacional.

Recordemos que la confederación es el sistema político en virtud del cual dos o más estados soberanos se unen para determinados fines de interés común. El organismo representativo de la confederación que es el Congreso de la Nación sólo tiene las atribuciones que en él han delegado los estados miembros, en nuestro caso las provincias, que son preexistentes al Estado Nacional. Tal vez, entonces, lo más revolucionario de este tiempo sea la reversión y que las provincias comiencen a tomar conciencia de su origen y de su destino histórico, no en sentido de escisión ni de separatismo, todo lo contrario, sino de fortalecer la unión nacional con dignidad y con recursos, con una reforma fiscal acorde a su sistema productivo, alentándolo, no agobiándolo. El desarrollo nacional no debería ser una asignatura pendiente, ni postergada indefinidamente.

La fortaleza de la producción de un Estado es lo que lo hace fuerte y competitivo. Quizá, lo más revolucionario que deberíamos intentar de una vez y para siempre es aplicar la letra de la Constitución de una vez y para siempre. En esos párrafos está la clave del desarrollo argentino. Entonces las variables serán un recuerdo y el progreso del país una realidad tangible.

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