La sintonía ideológica entre Javier Milei y el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, empezó a traducirse rápidamente en una agenda concreta.
La primera reunión entre ambos mandatarios, ayer en la Casa Rosada, no solo confirmó afinidades políticas: delineó una hoja de ruta que apunta a redefinir la integración regional con un eje claro en minería, logística y desregulación económica.
La reunión también habría dejado el camino despejado a la reactivación del viejo Tratado de Integración y Complementación Minera que firmaron Carlos Menem y Eduardo Frei en 1997 con el objetivo de que ambos estados operaran como “facilitadores” de la inversión privada a ambos lados de una frontera que se comparte por más de 6 mil kilómetros a lo largo de la Cordillera de Los Andes. El contexto emerge más que alentador para Mendoza: mientras se prepara para la explotación del primer yacimiento de cobre en producción de la provincia y el país, espera convertirse en una pieza clave por múltiples razones, entre ellas la de ser la plataforma logística por excelencia del Corredor Bioceánico.
El comunicado oficial consensuado por ambas presidencias fue explícito. Seguridad regional, control de fronteras, lucha contra el crimen organizado, promoción del comercio y las inversiones aparecieron como prioridades compartidas. Pero detrás emergió la minería como el motor del entendimiento. Milei lo dijo sin rodeos: “El desarrollo minero conjunto puede ser una herramienta clave para que millones de argentinos superen la pobreza”. Y, en ese punto, Chile aparece como socio estratégico y salida natural al Pacífico.
La apuesta es ambiciosa. Ambos gobiernos buscan revitalizar el tratado de fines de la década del 90 el que ha tenido logros más que nada en materia energética, en particular con la exportación de gas. Según los objetivos de Kast, compartidos por la presidencia de Milei, la integración se daría especialmente gracias al cobre y litio, dos minerales críticos en la transición energética y en la disputa geopolítica por recursos estratégicos.
Uno de los objetivos del acuerdo entre Menem y Frei, otra vez puesto en valor por Chile y Argentina, se ofrece con una lógica simple: que los minerales extraídos del lado argentino de la cordillera puedan salir al mundo a través de los puertos chilenos. Kast lo sintetizó con una frase que funciona como concepto político y económico: los puertos de Chile deben ser “la ventana al Pacífico” para la producción argentina. En esa lógica, la infraestructura logística deja de ser un asunto bilateral menor para convertirse en un activo geoestratégico.
Acá en Mendoza se recuerda una experiencia propia y trunca discutida en aquellos años 90 nacida al amparo de las reuniones de comité de frontera que protagonizaban esta provincia con la Quinta Región chilena: para darle una ruta más directa a los productos mendocinos hacia los prometedores, por entonces, mercados asiáticos, se soñaba con una plataforma exclusiva para Mendoza en el Puerto Ventanas, en la Bahía de Quintero. Milei y Kast, ahora con una mirada de orden macro, político y estratégico, recuerdan aquellas entusiastas negociaciones, aunque claramente de tipo y orden regional y subnacional.
Las proyecciones de inversión no son menores. Bajo el paraguas del tratado binacional, se estima que podrían movilizarse más de 21.000 millones de dólares en proyectos de cobre de gran escala de acuerdo con publicaciones especializadas. Para Milei, ese flujo de capital podría ser estimulado vía el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI). Para Kast, el desafío pasa por avanzar en una desregulación profunda del sector, incluyendo la revisión de normas que hoy limitan la explotación privada del litio en Chile y en desempolvar expedientes con permisos de inversión del orden cercano a los 100 mil millones de dólares que el gobierno de Gabriel Boric aún no ha resuelto.
El esquema no se agota en los grandes inversores según parece. Otro de los puntos centrales del entendimiento es el desarrollo de proveedores regionales: un entramado de pymes y servicios mineros que operen a ambos lados de la frontera, compartiendo tecnología, logística y know how. La integración, en este caso, se plantea tanto en términos productivos como territoriales. Otra vez Mendoza con una oportunidad para una de sus villas cordilleranas como Uspallata, el lugar de asiento de PSJ Cobre Mendocino
Incluso hay lugar para miradas de largo plazo, según se vislumbra. La agenda conjunta incluye el interés por nuevas fronteras tecnológicas y el fortalecimiento de la investigación geológica para detectar nuevos yacimientos en zonas fronterizas.
Mendoza ocupa un rol estratégico en los tratados de integración con Chile y se posiciona como nodo logístico, productivo e institucional del nuevo esquema. El Corredor Bioceánico que une el Atlántico con el Pacífico es su principal articulación, con pasos estratégicos que diversos gobiernos provinciales han buscado, sin demasiado éxito hay que decir, activar, habilitar y mejorar: el Paso Las Leñas, impulsado como alternativa de baja altura y menor riesgo climático; la modernización que avanza lentamente del Paso Cristo Redentor, con foco en la agilización aduanera; y la reciente reapertura del Paso Planchón-Vergara, que fortalece el vínculo entre Malargüe y la Región del Maule, forman parte de una misma lógica: facilitar la salida de producción hacia los puertos chilenos, en especial por San Antonio, que ya recibe inversiones para absorber mayor volumen de carga de acuerdo con los planes oficiales chilenos anunciados al otro lado de la cordillera.
En paralelo, Mendoza intenta dejar atrás años de estancamiento minero y en general con la habilitación de PSJ, hoy concentrado en la firma de contratos vinculados con estudios de factibilidad constructiva y financiera, más el de la provisión energética para el emprendimiento. A esto se suma el impulso al Distrito Minero Occidental de Malargüe, orientado a la exploración de cobre en marcha y a una demorada explotación de potasio en manos de Minera Aguilar.
El trasfondo de esta reciente alianza alcanzada con la llegada al poder de Milei en la Argentina dos años atrás con el de Kast que arrancará su presidencia en marzo próximo, no es neutro. Marca un giro explícito hacia un modelo liberal de integración regional, que prioriza la apertura comercial, la seguridad jurídica y la atracción de capitales internacionales. Para sus defensores, se trata de una oportunidad histórica para insertar a la región en las cadenas globales de valor. Para sus críticos, el interrogante sigue siendo el mismo de siempre: quién captura los beneficios y cómo se gestionan los impactos sociales y ambientales.
Lo cierto es que Milei y Kast parecen decididos a avanzar. La minería, una vez más, se convierte en el punto de encuentro entre ideología, economía y territorio. Y Mendoza, en ese tablero, juega mucho más que un rol secundario