Agenda ajena

Agenda ajena

El alineamiento con el kirchnerismo obstaculiza la adaptación del peronismo para tratar de recuperar competitividad en las condiciones impuestas por el triunfo de Javier Milei.

La agenda del área metropolitana, donde finca la facción referenciada en la exvicepresidenta Cristina Kirchner, está cada vez más evidentemente desacoplada de la de un interior que requiere reestablecer mecanismos de relación saludables con el extraño esquema aposentado en la Casa Rosada desde diciembre.

El peronismo de las provincias continúa cautivo del Conurbano bonaerense, cuya dirigencia es la principal responsable de la derrota sufrida el año pasado y, sobre todo, del fracaso de la gestión encabezada por Alberto Fernández. Ahora la discusión partidaria está contaminada por la interna entre el gobernador bonaerense Axel Kicillof y el diputado nacional Máximo Kirchner, hijo de Cristina y líder de La Cámpora en descomposición, por el liderazgo de ese espacio regional.

La imposición de las estrategias kirchneristas al resto de las tribus se facilita por una coincidencia que ese sector tiene, más allá de cualquier divergencia ideológica, con Milei: la necesidad de mantener estabilizada la geografía que circunda la Ciudad de Buenos Aires.

El Gobierno nacional puede desentenderse de lo que ocurre en la lejana Misiones sacudida por la rebelión policial, porque los costos de la crisis recaen directamente sobre el gobierno local. Asumir la misma actitud frente a un eventual sacudón en el Conurbano lo expondría en cambio a reproches directos de un electorado colindante, mucho más fácil de direccionar hacia la Casa Rosada u Olivos.

Esta situación se advirtió con claridad en la decisión de incrementar las partidas para subsidiar el transporte público en el AMBA mientras los grifos nacionales se mantienen cerrados para el resto del país, que tiene que arreglárselas como pueda.

La interna de la prole cristinista, que en definitiva apunta a retener el control de la estructura partidaria, se despliega al amparo de ese tranquilizador reaseguro para la gobernabilidad.

Pero la influencia del kirchnerismo metropolitano se proyecta sobre el Congreso y condiciona los movimientos de gobernadores y dirigentes de un interior que tiene lógicas y necesidades diferentes.

No se trata de enfilamientos automáticos, sino de priorizar intereses y denominadores provinciales y regionales para plantarse mejor en las tratativas con la Casa Rosada, en lugar de adoptar acríticamente agendas y estrategias ajenas.

El impulso regionalizador al estilo de lo que en su momento fue la Liga de Gobernadores del Norte Grande ganó intensidad en la etapa libertaria, que se caracteriza por la fragmentación.

Este grupo se formó precisamente para tratar de equilibrar cargas con el populoso Conurbano en la puja por los recursos federales, pero empezó a fisurarse tras la derrota de diciembre debido a las maniobras del kirchnerismo bonaerense tendientes a mantener un rol hegemónico cuyos resultados quedaron expuestos en las elecciones.

En contraposición, se reactivaron otros ejes como el patagónico y el de las provincias del centro del país. Es llamativo cómo Kicillof, en su proyecto de instalación nacional, destinó recursos de Buenos Aires a las provincias de Chubut, gobernada por el macrista Ignacio Torres, y Santa Fe, del radical Maximiliano Pullaro.

Muchos referentes del peronismo advierten desde hace tiempo sobre la conveniencia de desmarcarse del kirchnerismo y trabajar de forma autónoma para contribuir a la construcción de alternativas diferenciadas de las del área metropolitana, en función de los intereses concretos de la provincia y la región.

Esto no solo aportaría a mejorar las condiciones de negociación con el poder nacional, sino también a robustecer una voz propia en el conglomerado peronista que el kirchnerismo quiere mantener sometido a sus designios

EL ANCASTI

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