Por: Extremo Minero
En Puerto Deseado, la relación entre el sector comercial y la minera Pan American Silver atraviesa un punto crítico. Lo que durante años se sostuvo en base al diálogo institucional, hoy muestra signos evidentes de desgaste, desconfianza y, sobre todo, falta de resultados.
Desde la Cámara de Comercio de Puerto Deseado y en un mano a mano con nuestra redacción, su presidente Leandro Ramírez pone en palabras un malestar que ya no se disimula. “Los plazos están vencidos, recontra vencidos”, afirma, en una definición que sintetiza el momento actual. Las reuniones continúan, las agendas se construyen, pero en la práctica nada cambia
El planteo no es menor. Según describe, el problema no radica en la falta de instancias de diálogo, sino en la ausencia total de concreción. “Estamos otra vez en lo mismo: reuniones, fotos, buenas intenciones… pero no hay acción”, señala. La repetición de este esquema, sin resultados tangibles, es lo que termina erosionando la credibilidad.
En ese contexto, la falta de información se vuelve un factor determinante. No hay datos claros sobre proveedores locales, ni sobre contratos vigentes, ni sobre el nivel real de participación de empresas de la localidad en la cadena de valor minera. “Yo no tengo datos. No sabemos quién está trabajando, ni cuánto, ni cómo. Así es imposible confiar”, remarca Ramírez.
La consecuencia directa de esta situación se refleja en el entramado productivo de Deseado. Comerciantes y prestadores de servicios que apostaron a la actividad minera, invirtieron en equipamiento y contrataron personal, hoy enfrentan un escenario de incertidumbre. Algunos directamente quedaron fuera del sistema. “Hay gente que se preparó para trabajar con la minera y después la dejaron en banda”, advierte.
El diagnóstico es contundente: la actividad minera no está generando el derrame esperado en la economía local. “Hay unos pocos que trabajan fuerte y el resto agarra migajas”, resume. La concentración de contratos y la escasa apertura a nuevos proveedores profundizan una dinámica que, lejos de expandir oportunidades, las limita.
En ese esquema, además, se consolida un comportamiento que agrava aún más la situación: quienes acceden a esos trabajos menores optan por el silencio. No quieren conflictos, no quieren exponerse públicamente ni cuestionar el sistema por temor a perder incluso esas oportunidades reducidas.
El resultado es un círculo vicioso donde la dependencia económica condiciona cualquier reclamo y termina debilitando la capacidad colectiva de exigir cambios. Así, el entramado productivo local no solo se achica en términos de participación, sino también en su margen de acción para defender sus propios intereses.
En paralelo, crece la percepción de que las promesas de desarrollo quedaron en el terreno discursivo. Capacitaciones, integración de pymes, fortalecimiento del compre local: todos conceptos que se repiten en cada encuentro, pero que no logran materializarse. “Siempre es lo mismo: que van a hacer, que van a integrar… pero después no pasa nada”, cuestiona.
PRESENCIA REAL EN EL TERRITORIO: EL PEDIDO A AOMA Y LAS CONTRATISTAS
En este contexto de creciente malestar, se suma un reclamo que empieza a tomar fuerza dentro de la agenda local: la necesidad de que la Asociación Obrera Minera Argentina tenga presencia efectiva en Puerto Deseado. El propio Leandro Ramírez lo plantea con claridad al advertir la falta de cercanía institucional: “hay muchos chicos que tendrían que tener la posibilidad de trabajar en el sector, pero sin presencia en la localidad es muy difícil generar ese vínculo con la comunidad”.

El pedido de apertura de oficinas no es un dato menor, sino una señal de que también desde el plano laboral se percibe un vacío de representación directa. En esa línea, Ramírez remarca la necesidad de fortalecer el contacto territorial: “el vínculo con la comunidad sería fantástico si hubiera una presencia concreta, si hubiera alguien con quien hablar acá”. La distancia con los centros de decisión, según su mirada, termina dejando a los trabajadores sin un canal claro para plantear sus situaciones.
Pero el planteo va más allá del rol sindical y apunta también a la estructura operativa de la actividad. Ramírez insiste en que la empresa madre debe exigir a sus contratistas una presencia real en la localidad. “La plata tiene que quedar acá”, sostiene, al tiempo que remarca que muchas decisiones y contrataciones se resuelven por fuera de Deseado, sin impacto directo en la comunidad.
En ese sentido, es contundente al describir cómo debería funcionar el esquema: “si hay una urgencia, llamame, vemos quién lo puede hacer, alguien lo tiene que hacer acá”. La lógica, según explica, es simple: generar oportunidades locales de manera inmediata y concreta. Sin embargo, esa dinámica no se consolida y termina favoreciendo a proveedores externos.
Para Ramírez, la radicación de oficinas y equipos en Puerto Deseado no es solo una cuestión administrativa, sino una condición esencial para el desarrollo: “la gente tiene expectativa de que su situación va a cambiar, por lo menos una oportunidad… pero si no hay presencia real, eso no pasa”. La falta de arraigo territorial, en definitiva, limita cualquier posibilidad de integración genuina entre la actividad minera y la comunidad.
DESARROLLO DE PROVEEDORES: LA CLAVE PARA UN VERDADERO DERRAME LOCAL
Otro de los ejes centrales del reclamo pasa por el fortalecimiento real de las pymes locales. Desde la Cámara sostienen que el desarrollo de proveedores no puede seguir siendo un concepto vacío, sino que debe traducirse en hechos concretos. Ramírez lo sintetiza con una propuesta directa: “meteme de acá a la próxima reunión dos o tres pymes, con nombre y apellido, para que yo te empiece a creer”.
La incorporación genuina de empresas de Puerto Deseado a la cadena de valor minera no solo implica más contratos, sino también una transformación estructural del entramado productivo. “Con un poquitito más de movimiento que ellos generen, se notaría un montón en Deseado”, asegura, marcando el impacto inmediato que tendría una mayor apertura.
En su análisis, el efecto multiplicador es evidente: “si ven que hay uno o dos que entraron, ya la gente empieza a pensar que puede ser el próximo”. Esa expectativa, sostiene, es clave para dinamizar la economía local y recuperar la confianza del sector privado.
Pero también advierte que hoy ocurre exactamente lo contrario: “en vez de meter una pyme local, están sacando una y metiendo a alguien de afuera”. Esa lógica no solo limita el crecimiento, sino que rompe cualquier posibilidad de construir un desarrollo sostenido.
Para Ramírez, el camino es claro y no admite demasiadas interpretaciones: “tiene que haber licitaciones, tiene que haber concurso y tiene que haber datos”. Solo a partir de reglas claras, transparencia y participación real de las pymes locales será posible generar ese círculo virtuoso donde la cadena de valor se fortalezca desde el territorio, impulsando actividad económica, derrame genuino y crecimiento sostenido para Puerto Deseado y sus habitantes.
Frente a este panorama, Ramírez no descarta un cambio en la estrategia. “El diálogo sin resultados no sirve. En algún momento hay que empezar a generar presión”, plantea, dejando entrever que las próximas acciones podrían marcar un quiebre en la dinámica actual.
La preocupación, sin embargo, va más allá de la coyuntura. El trasfondo es estructural y apunta al futuro de la localidad. La minería es una actividad finita y, según advierten desde el sector comercial, no se está aprovechando para construir una base económica sólida. “Cuando esto se termine, vamos a quedar igual o peor si no hacemos algo ahora”, advierte.

En ese sentido, la discusión deja de ser exclusivamente minera y pasa a ser profundamente social. Qué queda en el territorio, cómo se distribuyen las oportunidades y qué rol juegan las empresas en el desarrollo local son preguntas que hoy no tienen respuestas claras en Puerto Deseado.
“Queremos cambiar la realidad. No estamos inventando nada, la situación es visible para todos”, concluye el referente de la cámara de comercio de Puerto Deseado.
Con los tiempos agotados y las instancias de diálogo completamente desgastadas, el mensaje es claro: la comunidad ya no espera promesas, exige hechos