Así es la vida de campo en las Islas Malvinas; “No son viajes turísticos. Son viajes muy sentidos. Una manera de malvinizar”, comenta Aylen Mauricio
La imagen de las Islas Malvinas suele estar atravesada, casi exclusivamente, por la guerra de 1982. Y para quienes logran llegar y recorrerlas, el territorio revela otra dimensión: la de distintas actividades y una vida rural que guarda muchas similitudes pero también diferencias con el campo patagónico argentino.

Aylen Mauricio: “Cuando hablamos de mi provincia, hablamos también de Malvinas»
A partir de compartir sus viajes y su mirada personal sobre Malvinas, Aylen Mauricio, creadora de contenido nacida en Río Grande, Tierra del Fuego, fue construyendo en redes sociales una comunidad cada vez más numerosa, integrada por personas de todo el país interesadas en conocer cómo se vive hoy en las islas.
Actualmente, reúne más de 128 mil seguidores en Instagram y cerca de 50 mil en TikTok, donde publica contenidos vinculados a Tierra del Fuego, la Antártida y las Islas del Atlántico Sur.
Desde esas plataformas muestra aspectos poco conocidos de la vida cotidiana en Malvinas, responde preguntas frecuentes y genera un espacio de intercambio atravesado por la historia, la identidad y la causa Malvinas.
“Cuando hablamos de mi provincia, hablamos también de Malvinas. Si estuvieran administradas por Argentina, pertenecerían a Tierra del Fuego”, destaca.
Esa cercanía geográfica y simbólica marcó su historia personal: creció escuchando a veteranos de guerra en la escuela, participó de vigilias y se formó en un contexto donde la causa Malvinas ocupa un lugar central.
“En la Patagonia se vive distinto. Desde acá salía toda la logística hacia las islas, y eso dejó una huella muy fuerte”, resume.
Viajar a Malvinas para “malvinizar”
A partir de esa curiosidad colectiva nació una comunidad y, luego, una propuesta concreta: viajes grupales a Malvinas pensados no como vacaciones turísticas, sino para conocer y tener más presente a Malvinas. “No son viajes turísticos. Son viajes muy sentidos. Una manera de malvinizar”, define Aylen.

Los grupos de viaje son pequeños, entre siete y doce personas, y están integrados exclusivamente por argentinos de distintos puntos del país. Muchos no se conocían previamente, pero el vínculo se genera rápido. “Se arma una especie de familia malvinera. Malvinas nos une”, cuenta.
Ya realizó dos viajes y destaca que, incluso sin veteranos de guerra, el impacto emocional es profundo. Y en uno de los grupos viajó la hija de un excombatiente.
El itinerario combina memoria, historia y vida cotidiana. Incluye la visita al cementerio argentino de Darwin, un paso que Aylen considera imprescindible. También recorren antiguos campos de batalla que permanecen prácticamente intactos, donde aún se encuentran objetos personales de los soldados argentinos.

Pero el viaje no se queda solo en la guerra. La propuesta es, justamente, mostrar que Malvinas es mucho más que ese capítulo doloroso.
Una cultura de vida diferente
Más allá del peso histórico, Aylen Mauricio pone el foco en cómo es hoy la vida en las Islas Malvinas y en el fuerte contraste que existe con el campo argentino. “No hay agricultura. No hay cultivos. El clima es extremadamente hostil”, explica.
La actividad rural en las islas es limitada y se reduce casi exclusivamente a la ganadería ovina, orientada a la producción de lana y carne para exportación.
La oveja ocupa un lugar central en la identidad isleña e incluso aparece en el escudo de las autoridades británicas en las islas. Las estancias, en ese sentido, guardan muchas similitudes con las de la Patagonia argentina.
“No es casual: el origen de muchas estancias patagónicas también es inglés”, relata Aylen. Los galpones, las formas de trabajo y las técnicas de esquila responden a cualquier campo tradicional, pero con viento constante, frío intenso y ausencia total de árboles.
A diferencia del entramado agropecuario argentino, en las islas no existe una matriz productiva diversificada. No hay siembra, no hay rotaciones. Incluso los intentos de forestación son mínimos: apenas algunas hectáreas de pinos plantadas de manera experimental hace unos 15 o 20 años.
Esa escasa producción local se refleja directamente en el consumo. La carne ovina es prácticamente el único alimento fresco que se produce en Malvinas. Todo lo demás se importa desde el Reino Unido en barcos que abastecen de productos enlatados, frutas y verduras congeladas. En muchas casas, los jardines delanteros funcionan como pequeños viveros para consumo doméstico.
La cuenta de Youtube El Mundo es el Límite también muestra cómo es la vida y la alimentación en Malvinas:
Para quienes llegan desde el centro o norte del país, el impacto es inmediato. “El trabajo de campo es muy rústico, como en cualquier campo, pero el clima lo vuelve todavía más desafiante”, describe Aylen. Para ella, como fueguina, ese paisaje resulta familiar; para otros argentinos, representa una realidad completamente distinta.
Economía, pesca y turismo
En términos económicos, el principal ingreso de las islas no proviene del campo. La mayor fuente de recursos es la venta de licencias de pesca a flotas internacionales, especialmente españolas. A esto se suman la administración pública, la actividad ganadera y, en temporada alta, el turismo asociado a la llegada de cruceros.
La vida cotidiana transcurre en un pueblo de poco más de 3.000 habitantes, aislado y con dinámicas que parecen detenidas en el tiempo. “Todavía hay muchos trámites manuales, un diario local en papel y un sistema de comunicación muy precario”, cuenta Aylen. Recién en los últimos meses comenzó un proceso de modernización con la llegada del sistema Starlink.
“Es como un viaje al pasado”, resume. “No es el primer mundo que muchos imaginan. Es un pueblo chico, aislado, donde todos se conocen”