Bahía Creek tiene la postal perfecta de la costa patagónica: mar abierto, playas amplias y un puñado de casas desperdigadas en un paisaje agreste.
Pero en los últimos años sumó una amenaza que se vuelve cada vez más visible: un médano gigante que avanza hacia el casco del pueblo y ya dejó viviendas parcialmente tapada, algunas, casi desaparecidas bajo la arena.
El balneario está ubicado sobre la costa norte del Golfo San Matías y se llega por la Ruta Provincial 1. Vecinos lo describen como un pueblo de apenas “tres cuadras” de extensión y con muy pocos residentes durante el año: en temporada baja queda habitado por seis o siete personas, mientras que en verano se ocupan cerca de 100 casas y el movimiento puede llegar a unas 800 personas.
Qué cambió: el viento y la arena que ahora apunta a las casas
Según relatan quienes viven allí, durante décadas el viento empujaba la arena en una dirección que no comprometía a las viviendas. Eso se alteró: ahora sopla con frecuencia desde el norte y el oeste, con ráfagas que pueden rondar los 70 a 80 km/h, y el médano empezó a “caminar” hacia el pueblo. La duna, cuentan, tiene entre 8 y 10 metros y funciona como una pared móvil: la arena vuela por arriba, cae del lado de las casas y se acumula.
El resultado es duro: hay casas tapadas con muebles y pertenencias adentro, como si la vida cotidiana hubiera quedado congelada bajo la arena.
“El Estado nunca hizo nada para ayudarnos. No recibimos ni siquiera asesoramiento para ver cómo se puede detener el avance del médano sobre las casas”, acusa Raúl Torno, uno de los habitantes de la zona. “Nos pusimos en campaña los propios vecinos para que no se pierdan más viviendas.”
La estrategia contra los médanos: riego solar, forestación y una “muralla” de cañas
Sin asistencia estatal —según la denuncia de vecinos—, el punto de quiebre fue la primavera de 2025, cuando comenzaron a organizarse y probar soluciones. Primero intentaron humedecer la arena con un sistema de riego: una línea de unos 200 metros con aspersores y una bomba solar que se activa automáticamente al amanecer. El plan no alcanzó para frenar el viento, pero sirvió como base para lo que vino después: usar la humedad para impulsar forestación con especies nativas (como tamariscos y olivillos) y fijar el suelo.
La medida más visible llegó en octubre: dos hileras de cañas plantadas como un dique. La arena corre baja, choca con esa barrera, se frena y se acumula. Con riego diario, la “muralla” empezó a prosperar y los vecinos evalúan sumar otra línea a unos 50 metros para contener el avance más lejos y formar un “anillo” protector.
Nada de esto sería posible sin el empuje colectivo. “Decidimos arrancar con esto, empezamos a pedir presupuestos, consultamos a algunos vecinos más que siempre colaboran, y llegamos a un número. Compramos la bomba y, con la ayuda de una empresa de Viedma que nos dio una mano para instalarla sin costo, quedó armado”, cuenta Raúl.
Entre las ideas que circulan aparece una solución logística: retirar arena con bateas y “correr” el médano. Vecinos incluso ofrecieron el material a empresas de áridos sin costo, aunque admiten que el problema es el transporte y el camino. Mientras tanto, el plan es ganar meses, sostener la barrera verde y evitar que el pueblo quede, literalmente, sepultado.

