Desde Jáchal, una trabajadora del sector relata su recorrido personal y plantea cómo el empleo minero permitió arraigo, capacitación y cambios visibles en comunidades con pocas alternativas laborales.
Eduvina Muñoz trabajadora minera y vecina de Jáchal
La voz de Eduvina Muñoz, trabajadora minera y vecina de Jáchal, aporta una mirada situada sobre una actividad que suele analizarse desde la distancia. Su recorrido no parte de una formación técnica heredada ni de una tradición familiar, sino de un contexto marcado por la escasez de oportunidades laborales en pueblos alejados de los grandes centros urbanos.
Según explicó en diálogo con «La Voz de la Meseta» por #LA17, su ingreso a la minería se dio cuando terminó la secundaria y comenzó a evaluar opciones de estudio que le permitieran trabajar sin abandonar su lugar de origen. “Antes de la minería era complejo, no hay muchas oportunidades, no hay muchas opciones para poder ingresar a otras actividades”, describió al referirse a la realidad previa de su comunidad.
Muñoz contó que decidió capacitarse en prevención de riesgos, una formación que le permitió realizar prácticas y luego insertarse laboralmente en el sector. Ese proceso no estuvo exento de dificultades, sobre todo por el contexto laboral que encontró al inicio. “Empezar a trabajar en áreas donde solamente eran muy masculinizadas”, recordó, al señalar que el camino implicó adaptación y persistencia.
Con el tiempo, su experiencia laboral se consolidó en San Juan, cerca de su casa, algo que para ella resulta central. Vivir en departamentos alejados suele implicar migrar para estudiar o trabajar, una realidad que la minería, según su testimonio, permitió modificar. “La minería dio la posibilidad de poder quedarte en tu lugar y poder ejercer”, señaló.
Desde esa vivencia, trazó paralelos con la meseta de Chubut, una región que conoce por haberla recorrido. Para Muñoz, existen similitudes claras entre ambos territorios en términos de distancia, aislamiento y falta de alternativas laborales. “Sería una gran oportunidad para todas las personas que viven ahí que quizás no tienen una fuente de trabajo genuina y de calidad”, sostuvo al referirse a la posibilidad de actividad minera en esa zona.
En su relato, la minería no aparece únicamente como empleo directo. También mencionó el impacto indirecto en la vida cotidiana de los pueblos. “Se construyeron escuelas, se construyeron caminos”, explicó, y sumó ejemplos vinculados a pequeños productores y comercios que comenzaron a proveer bienes y servicios a las empresas, generando un movimiento económico más amplio.
Muñoz también se refirió al debate social que rodea a la actividad. Reconoció la legitimidad de los reclamos ambientales cuando se basan en información y controles. “Estoy de acuerdo con el que exige controles de agua y supervisión”, afirmó, y marcó una diferencia con posiciones que, según su mirada, se sostienen sin fundamentos.
Otro eje de su testimonio tiene que ver con el lugar de las mujeres en la minería. Aseguró que el escenario cambió con los años y que hoy existen mayores niveles de participación femenina. “Hoy ocupan diferentes puestos y están cumpliendo diferentes roles dentro de la industria”, indicó, al mencionar tanto tareas administrativas como operativas y de campo