Están suspendidas a 340 metros del Valle de Las Vizcachas y se accede por una vía ferrata, un sendero que es una suerte de “entrada al abismo”. “Es una tenso estructura, lo que significa que se mueve para absorber el impacto del viento”, afirma Emiliano Marcos, técnico en gestión de riesgos en desastres naturales y trabajos de altura. Es parte del equipo. Su objetivo: minimizar cualquier posibilidad de un accidente. “Hay días de vientos demenciales”, dice, de 130 hasta 160 kilómetros por hora. Las cápsulas están diseñadas para resistir hasta 300. “Disfrutar el caos es parte de la aventura”, dice Marcos. A más de 100 km por hora el complejo no opera. Además del carácter extremo de la experiencia, es la única que se desarrolla en la pared de una montaña, ubicada a 720 metros sobre el nivel del mar, OVO está concebido como un hotel de lujo. LA NACION fue el primer medio nacional en pasar una noche en este lugar de “fantasía”, que recibe a aventureros de todas las nacionalidades. Muestra la cara más hipnótica del sur que, por estos días, atraviesa una difícil situación por los incendios en otras provincias. Cada una de las cápsulas está hecha de acero galvanizado, las paredes son de policarbonato de alto impacto de 8MM y pesan dos toneladas y media. Están sujetas a la montaña con 9 pernos de 80 centímetros de profundidad, adheridos además con un anclaje líquido que se introduce dentro de las grietas de la roca. “Todos preguntan por la vía ferrata”, dice Marcos. “Es el gran miedo a vencer”, agrega. La única manera de acceder es a través de unos peldaños metálicos adheridos a la montaña, sin barandas. La sensación de estar al borde del abismo es real, crítica y total. Es casi caminar en el vacío. Pero para llegar hasta este estado, se debe llegar primero a El Chaltén, hacer 12 kilómetros hacia el norte, cruzar el río Eléctrico y llegar a la Estancia La Bonanza.
“La idea es que te puedas vincular con el peligro, que no solo está en la vía ferrata, sino en la vida misma”, expresa Marcos. Tras caminar unos 1000 metros por el cañadón de Las Vizcachas, comienza la verdadera aventura: el ascenso a la montaña a través de senderos que penetran su corazón. Por momentos, el bosque es espeso, húmedo y el aliento se pierde. Sobrevuelan cóndores. Es una prueba constante de superación personal. Es necesario tener estado físico, aunque la lucha es mental. “Vino una señora de 70 años y subió sin problemas”, afirma Marcos. En la cima, se llega al centro de operación de OVO. Una habitación vidriada con vista directa al Fitz Roy, llamado por los tehuelches cerro Chaltén, que significa montaña humeante. Es más real la toponimia originaria. “Para nosotros es Mordor”, aclara Marcos. Aquí se siente el lujo, una tabla con fiambres de la región y dos tragos, una reversión de un Arnold Palmer con una rama de paramela (hierba aromática patagónica) y del Moscow Mule que aquí nombran Ovo Mule: soda de jengibre y paramela más jugo de calafate. “La seguridad es la prioridad”, dice Marcos, quien da una charla sobre este tema con seriedad extrema. Lo que se está a punto de vivir marcará nuestras vidas. Entrar a las cápsulas tiene las mismas reglas que escalar una montaña. “Son 80 centímetros los que nos separan de la tragedia máxima”, afirma en referencia a la profundidad de los pernos que las sujetan. A cada pasajero se le entrega un equipo profesional de alpinismo. Arnés pélvico, casco, línea de vida dinámica y un conector C que se vincula a la vía ferrata con un maillon de 8 MM, todos con certificación de seguridad internacional. Los productos textiles son ecológicos al igual que el casco, hecho con material reciclado.
“Tenemos una estación meteorológica”, explica Marcos. Antes de salir al exterior, se fijan las condiciones del clima. El viento aquí manda. Y suele ser muy cambiante. “Las ventanas son muy cortas”, agrega el experto. Cada cápsula está preparada para dos personas. “Para nosotros es muy importante darles la posibilidad para que desconecten del mundo”, es lo último que dice Marcos, antes de iniciar la salida hacia la temida y deseada vía ferrata. “Esta es nuestra conexión con la vida”, avisa Marcos al señalar la línea que une una guía metálica adherida a la pared de la montaña con el conector C. El viento golpea sin piedad y la concentración debe ser total. “Se nos ha dicho que tener miedo está mal, pero es parte de la vida. La clave es sentirlo y avanzar paso a paso”, afirma Marcos.
Reacciones extremas
Las reacciones de los pasajeros son extremas. Antes de empezar la aventura, todos deben firmar que suben por propia voluntad. Algunos caminan el vacío en silencio. Otros gritan, algunos lloran, otros se paralizan, cierran los ojos, los abren, se aferran a la línea de vida y siguen, entendiendo que no tiene mucha explicación ni sentido intentar controlar el miedo. “Jamás nadie se volvió”, dice Marcos. Cada cápsula está dividida en tres partes. Tiene la forma de un huevo que está partido al medio en forma transversal. La parte de arriba tiene una cama doble y en el medio hay un living con baño (es seco, con un pequeño tanque de 20 litros de agua), que incluye una barra, dos sillones, cafetera y heladera. Una botella de vino, copas de cristal y prismáticos esperan a los huéspedes. En la parte inferior está lo mejor: una red tensada con almohadones y, debajo, los 340 metros que la separan del valle. El interior de la cápsula tiene calefacción y luces led. Un dato importante: por la altura, las cápsulas están frente a la antena que provee de internet a todo El Chaltén, por lo que en todo momento existe conexión 4G.
“Es una experiencia nocturna”, anticipa Ruete. En verano, es de día hasta las 23. Luego queda un confuso intermezzo entre un atardecer que se une con un temprano amanecer alrededor de las 4 de la mañana. La cena es alcanzada por los guías. Llega caliente, es gastronomía con muy buenos productos. “Tratamos que sea lo más casero posible”, dice Marcos. El menú, en pasos y en vajilla bien presentada, se inicia con un chorizo a la parrilla con chimichurri y una empanada de carne cortada a cuchillo. Luego llega la sopa de calabaza y el guiso de lentejas. Postre: chocotorta. Mientras tanto, la visión maravillosa del Fitz Roy, un colmillo de roca rodeado de nubes y los cerros que lo escoltan, formando una dentadura pétrea que desafía al cielo. Más allá, el glaciar Marconi y los hielos continentales, la frontera con Chile. “Es todo tan bello que no hay palabras para describirlo”, expresa Dante Palombo, que llegó con su pareja desde Tacuarembó, Uruguay. “Nosotros no tenemos glaciares, nieve ni estos paisajes, acá podemos ver todo junto”, afirma el uruguayo. Cada cápsula es un planeta, algunos eligen sacar todas las cortinas, otros, en cambio, se encierran en su intimidad. Se percibe una profunda humanidad en la realidad de estar suspendido frente a montañas monumentales.
“Es todo tan bello que no hay palabras para describirlo”
Dante Palombo
La difusa noche llega con un cambio de viento, las estrellas y las luces de El Chaltén tienen la misma dimensión, lo que empequeñece es el tamaño del ser humano desde esta perspectiva. La claridad estelar refleja el contorno dentado del cordón montañoso. Después de la cena, el viento cobra impulso, los 40 kilómetros por hora, se vuelven 90 y toda la estructura se mueve. Las ráfagas se sienten como alaridos. “Es un espacio diseñado para que nunca más te olvides que estuviste en el OVO, colgado de la montaña”, dice Ruete.
La génesis de un sueño
¿Cómo se diseñó y quiénes lo hicieron? Todo comenzó en 2021. Federico Echevarría, que vive en El Chaltén desde 2016 y está a cargo del turismo en la estancia La Bonanza, comenzó a pensar en actividades nuevas para los visitantes y, para darle forma a la idea, le pidió autorización al propietario del terreno, Walter Gómez. Fue clave la foto que le llegó de las cápsulas del Sky Lodge Adventure en el Valle Sagrado de los Incas en Perú. “Tengo una pared en la montaña, ¿qué les parece?”, es una de las frases de Echevarría que recuerda Ruete, quien ya venía trabajando junto a su socio Luis Aparicio en Perspectiva Aérea, que se especializa en construcciones en altura. En su estudio de Barracas, en la ciudad de Buenos Aires, comenzaron a diseñar el nuevo proyecto. “No había antecedentes en la Argentina, buscamos a los mejores”, cuenta Ruete. Se tomaron seis meses para hacer estudios geomecánicos y verificar que en el lugar no hubiera nidos de cóndores. “Siempre tuvimos en claro que queríamos intervenir lo menos posible”, afirma Ruete. Cada una de las tres partes de la cápsula fueron ensambladas en el estudio de Barracas y luego las separaron para trasladarlas a El Chaltén vía terrestre. Una vez en territorio, debieron llegar cruzando por un río. Intervinieron 30 personas. Para no tener que talar árboles, idearon un montacarga con un cable metálico de 450 metros que llega hasta la cima del cerro. “Fue el alma del proyecto”, asegura Ruete.
“Cuando pasamos la primera noche, lloramos de emoción”, recuerda. Recién en diciembre de 2024 pudieron abrir y las fotos de las cápsulas dieron vuelta al mundo. Hoy, los pasajeros que viven la experiencia llegan desde los más variados países: el 46% de los huéspedes son extranjeros. “Hacer algo nuevo es siempre caótico, porque lo nuevo no tiene forma, no hay referencias”, reflexiona Ruete, quien siempre fue fiel a su premisa de construir en altura para dejar de generar impacto ambiental en el suelo, con la imaginación como una frontera necesaria. “OVO trabaja sobre la memoria, nos propusimos crear un momento realmente memorable”, cierra.
Por Leandro Vesco // Fotos: Fabián Marelli
- Edición periodística Florencia Fernández Blanco @florfb
- Edición fotográfica Aníbal Greco @anibalgreco
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