¿Cómo ven a Rosario desde Buenos Aires?

Golpeada por las imágenes del narcotráfico y la violencia, la ciudad se rescata a sí misma desde el riquísimo universo de su cultura. La mirada de quienes están en el lugar donde, según se dice, «atiende Dios»

En su último almuerzo a dúo en la Mesaza, Mirtha Legrand y Jorge Lanata conversan de diversos temas hasta que el bocado se atora en la garganta del periodista, quien se escandaliza y pone cara de preocupado. “Rosario está muy mal. Muere gente inocente todo el tiempo en los ajustes de narcos”, enfatiza.

Mirtha se indigna y bebe un sorbo de agua. Días después, el propio Mauricio Macri vuelve a plantear su idea de quitar presupuesto para Aerolíneas Argentinas en pos de poner gendarmes en las calles y terminar, dice, con los narcos. “¿Qué hacer con Rosario?”, se suelen preguntar los periodistas desde Buenos Aires, sin ir hacia el territorio a investigar en profundidad sino en cuentagotas. Un total de 159 víctimas cuenta Reynaldo Sietecase en su agenda diaria por Instagram en el invierno de este año. Meses después la cifra aumenta a casi 250, en un nuevo récord anual que en las pantallas porteñas arde bajo placas rojas y con el mismo tono sensacionalista de los locutores de ocasión.

“Sigo preguntándome por qué la cuestión del narcotráfico sigue ausente de la agenda nacional. En el caso de Rosario es una situación no solamente de la ciudad, allí hay 14 puertos sin control donde ingresa de todo y sin control, se paga con droga, hay problemas de violencia y de narcomenudeo que atraviesan a la policía, la Justicia, la política”, relata Sietecase, alarmado. Tanto por derecha como por izquierda y hasta por el centro, el análisis excluyente desde la cabeza de Goliat –como llamó Ezequiel Martínez Estrada a Buenos Aires, por su peso hegemónico sobre el territorio nacional que equivale a la repetición de eslóganes y lugares comunes sobre cualquier realidad que no sea la suya– cuando se mira a Rosario sigue siendo el mismo: Rosario como ciudad narco.

Reynaldo Sietecase.
Reynaldo Sietecase.

En la mirada de Esteban Rodríguez Alzueta, investigador de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) y director de la revista “Cuestiones criminales”, el narcotráfico funciona, en realidad, como un espejo del racismo social. Rosario, dice el especialista, siempre estuvo lejos. “Es fácil pegarles a Los Monos, o por lo menos, es fácil desde la prensa empresarial. Los periodistas se meten con los negros débiles, pero dejan en pie a los blancos poderosos. Estos tienen familiares con carreras profesionales intachables, que velan por su inocencia y disimulan sus ganancias”, apunta Rodríguez Alzueta.

Los negros se dedican al chiquitaje y los blancos seguirán viviendo en los barrios cerrados, edificando torres, metiendo la plata en fideicomisos, abriendo cuentas offshore en el exterior, invirtiendo en la soja y comprando campitos. “Concentran, a lo largo y ancho de Rosario, a decenas de profesionales exitosos que fueron entrenados en la universidad privada y en las facultades de Derecho del país para evadir impuestos y blanquear la plata. Pero desde Buenos Aires se finge una preocupación con soluciones racistas y de clase”, agrega, poniendo el foco en la óptica porteña estigmatizante.

Nada de la representación del delito, en efecto, es ajeno a una toma de posición política ni ideológica. En su último libro, Contraseñas. El crimen en la cultura argentina (2021), Osvaldo Aguirre –quien nació en Colón, provincia de Buenos Aires, pero vivió gran parte de su vida en Rosario– retoma la enseñanza de Hans Magnus Enzensberger: el delito se asemeja a una contraseña que, una vez descifrada, delata algo del total de la sociedad en la que sucedió. Los nuevos expertos del periodismo, sugiere Esteban Rodríguez Alzueta, acuñan categorías que transforman a la ciudad de Rosario en una jungla llena de brumas, en un mundo aparte. Hoy son Monos, mañana serán jirafas o elefantes. Profundiza Rodríguez Alzueta: “Siempre habrá alguna especie en la fauna silvestre que se encargue de hacer la tarea sucia, que más riesgos genera este tipo de negocios. Estas categorías le cuidan las espaldas a la elite rosarina, puesto que postula al mundo de las drogas como un mundo separado y separable de los empresarios y profesionales prestigiosos y blancos de la gran ciudad”.

La omnipresente violencia
Un asesinato en diciembre de 1980, el del empresario Jorge Salomón Sauan, sacudió a Rosario. Pero no fue sino con el reciente estreno en las principales salas nacionales de Un crimen argentino, adaptación de la novela de Reynaldo Sietecase, que se volvió a hablar de Rosario en la primera plana de Buenos Aires: la arquitectura, Central y Newell’s, el departamento de Montevideo al 1600 y los paisajes de la capital santafesina nutrieron la puesta en escena de la película. Y otra vez el delito en el centro: una desaparición, un secuestro, un crimen. Como en la película animada El paraíso, de Fernando Sirianni y Federico Breser, que recrea la prostitución de la Rosario de la década de 1920. Tal vez el soplo de aire fresco dado por los últimos premios García Márquez, sobre todo en el reconocimiento al podcast de Nicolás Maggi sobre la historia local del Dios Punk, que aborda la cuestión de los escraches, y la notable investigación de Ricardo Robins con su relato del polizón y el capitán, una de las tantas historias de migración clandestina en la urbe, dan cuenta de que no todo es tema narco cuando se habla de Rosario y que, además, el periodismo vernáculo goza de un prestigio desconocido en Buenos Aires.

“El estereotipo de la violencia es imperante. Si bien existen altos índices en la ciudad, hay lugares de Rosario donde la violencia no llegó y la gente vive con cierta tranquilidad”, opina Sebastián Ortega, rosarino y editor de la revista Anfibia. En Buenos Aires se teje una peligrosidad que no es tal y eso funciona para no hablar de otras cosas, como el arte. “De las mejores bandas de Argentina muchas están hoy en Rosario. Y, por otro lado, Rosario se mira en el espejo de Buenos Aires y no defiende lo propio. Si primero no triunfa en Buenos Aires, no acapara atención, como pasó en su momento con la Trova o Fito Páez”, se explaya el periodista.

Ortega rescata a músicos como Coki & The Killer Burritos, Pablo Comas y su ex banda Alucinaria o el dúo Matilda. En la misma línea argumenta Aguirre. “De Rosario se dice que está muy cerca de Buenos Aires, pero La Plata está todavía más cerca y hay una producción impresionante, así que no pasa por ahí”.

Luego apela a la escasez de instancias de legitimación propias: suplementos culturales, revistas o concursos. “Se supone que eso pasa en Buenos Aires, y lo más preocupante es que para los propios rosarinos sea así. Los concursos de la Municipalidad son importantes, y tiene que ser tan importante ganar el Felipe Aldana como ganar el premio del Fondo Nacional de las Artes, pero parece que falta continuidad en las tradiciones. Es una paradoja, por un lado se escucha mucho la queja o el reclamo por no ser valorados fuera de Rosario, pero al mismo tiempo hay un desconocimiento propio de lo que hay en Rosario”.

El periodista y escritor ejemplifica que cuando se cumplieron veinte años de la muerte del poeta Aldo Oliva o los noventa del asesinato del anarquista Joaquin Penina en los medios rosarinos apenas hubo alguna que otra mención. “¿Cuáles son las últimas noticias de cultura en Rosario? –se pregunta Aguirre–. Que hay goteras en el Castagnino o que los trabajadores de la Biblioteca Argentina se quejan. Hablar de literatura rosarina como se habla habitualmente es empobrecedor. Si vos te fijás en la historia cultural de Rosario lo más interesante y productivo va por otro lado: cuando los escritores o artistas de Rosario se pensaron como parte de algo más amplio, como parte del Litoral”, redobla Aguirre, que rescata el caso de la revista Paraná, cuando Montes i Bradley en los años 40 reunió a una cantidad enorme de artistas que estaban produciendo en Santa Fe, en Entre Ríos, en Corrientes y hasta en Buenos Aires.

Asiduo visitante de Buenos Aires, el músico Adrián Abonizio acaba de sacar un disco con Litto Nebbia llamado Suite rosarina. Allí hablan de historias pequeñas donde aparecen el Negro Olmedo, Fontanarrosa, el parque Independencia y otros hitos. “Ahora están instalando la cosa de Rosario como capital del rock, por la figura de Nebbia –dice Abonizio–. Es curioso, porque en su momento lo habían visto como un galán que se vestía con ropa de maricón. El rosarino es un rebelde innato, que si no hubiera existido Buenos Aires, habría buscado otra ciudad para legitimarse”.

Pero Rosario, como explica el historiador del arte Guillermo Fantoni, tuvo en el siglo XIX un desarrollo similar al de la brasileña San Pablo, con la apertura de academias y una larga tradición creativa que llegó a mediados del siglo XX con el Grupo Litoral, paradigma de las rupturas vanguardistas, con vuelo propio y sin pasar por Buenos Aires. El mismo Nebbia, que hace tiempo vive en Capital Federal, reconoce que Rosario ha sido su columna vertebral, la ciudad donde sus padres le transmitieron la vocación por el arte. “Y lo hicieron contra viento y marea, ya que eran unos músicos excelentes pero muy bohemios y con mucha orfandad material. Así me crié yo. Hasta los dieciséis años que me fui para Buenos Aires, donde vivimos los tres en una pieza de pensión sin baño. Y por supuesto que no cuento esta intimidad para que se me tenga lástima. Por el contrario, vivíamos con gran altura por la capacidad cultural que teníamos en nuestras cabezas y corazones. Rosario fue donde se gestó todo en mi vida artística”, declaró en una entrevista periodística.

Para Nebbia –en la línea del pensamiento de otros artistas consagrados en Buenos Aires, como Liliana Herrero o Fito Páez–, Rosario no es propiamente el interior y tampoco se quiere parecer a Buenos Aires. Nebbia destaca una proliferación de músicos compositores jóvenes, fenómeno nada nuevo en la historia. “Siempre pasó eso en Rosario. Cuando era chico, había grupos de rock por todos los barrios y aún no habían salido The Beatles –piensa el compositor y cantante–. Pero las diferencias con los últimos tiempos son muy notables, la ciudad ha logrado espacios que son irrenunciables. Me refiero a ese ánimo de bohemia, riesgo y pasión para dedicarse a algo que uno quiere. En mi adolescencia era distinto. Lo que te hacía mover era la adversidad. Te dedicabas con amor a algo y no encontrabas eco, tenías ganas de rajar. Hoy siento distinto a Rosario. No sé si estoy equivocado y mi impresión es porque no vivo estable allí. Solo voy varias veces al año para tocar. Pero no creo estar muy errado. Cada vez que voy noto que se preservan lugares, rincones, características propias de una ciudad que no quiere perder su identidad”.

De la Trova Rosarina se dijo desde Buenos Aires que era una moda triste – “en otoño e invierno, Rosario es hermosamente triste”, decía Abonizio–, en una mirada trillada que dejaba de lado la profundidad melancólica y filosófica de sus canciones. Sin embargo, y lejos de los arquetipos, en Rosario –contrapone Abonizio– no existe la pureza: hay paraguayos, chaqueños, misioneros, entrerrianos, peruanos. La mixtura en la cercanía: suena chamamé o tango o rock o cumbia a diez minutos de proximidad entre barrio y barrio. La pertenencia cultural, apunta el cantante, no gira alrededor de Buenos Aires.

“No todos son Fito Páez, blancos bohemios en un departamento cantando en una noche en la esquina. Estamos hechos del interior del interior. La paradoja es que Rosario es una ciudad que no nació, que siempre se está haciendo, somos el pasado inmediato, en cuanto a lo nostalgioso, y a su vez somos la promesa de lo que vendrá. Está la fuerza de lo religioso en los barrios, con la Virgen del Rosario, y todos los mártires religiosos con Cristo en el centro. Y también está lo judío, lo árabe. Una diversidad cultural, de fe, que desde el centro del país se ignora olímpicamente”, reflexiona Abonizio, que también recupera hechos como el Rosariazo y la historia de luchas estudiantiles y obreras en el cordón industrial del pasado reciente.

Horacio Vargas.
Horacio Vargas.

Marcelo Bustamante / La Capital
Una ciudad sin miedo
Hace tres años Horacio Vargas fundó Barullo, una revista cultural rosarina en papel contra la corriente digital, tomando el espíritu de la mítica Risario. “Ser rosarino es un chiste del destino”, era el eslogan de esta recordada publicación. Los directores de Risario se fundieron pero con el paso del tiempo la revista terminó siendo un artefacto de estudio en la carrera de Comunicación Social de la Universidad Nacional de Rosario. “Muchos años después de aquella gloriosa época, Barullo es el faro cultural que llega con su luz de grandes registros periodísticos a la costa del río de la Plata, penetra en las oficinas de la burocracia cultural de un país llamado Argentina, circula en bares de la avenida Corrientes y sorprende a la élite cultural porteña. Hacemos barullo, ruido, desde la ciudad que siempre tiene algo para decir”, comenta Vargas, también fundador del sello Blue Art, que ha editado músicos rosarinos de talla internacional como una grabación inédita del jazzista Gato Barbieri.

La pérdida de la ambigüedad en torno a la etiqueta de la ciudad narco fue una apuesta del encuentro internacional “Ciudades sin miedo”, emprendido por la organización Ciudad Futura en Rosario. Se pusieron en cuestión los lugares comunes que rodean no solo a las nuevas derechas sino también al universo progresista cuando se habla de Rosario. Y también se habló de las experiencias comunitarias y el rescate del municipalismo en la política actual: el encuentro apenas si fue mencionado por los medios no hegemónicos de Buenos Aires. Quizás porque no había sangre y muertos en la noticia.

Detrás de la mirada porteñocéntrica que la encorseta como la ciudad más violenta de la Argentina, de Fontanarrosa, Messi, el Che y ahora Nicky Nicole –quien no suele hablar demasiado de sus raíces rosarinas–, detrás de la salvaje golpiza contra el hijo de Valeria Mazza o los accidentes fatales en la autopista Rosario-Buenos Aires, están la Rosario gótica de César Aira en su novela Los misterios de Rosario y a diez minutos el río, como canta Abonizio, y en la fachada de una verdulería un privado con prostitutas; o el Rosario autónomo de Buenos Aires bajo la usina creativa que se manifiesta en la plástica rosarina con nombres como los de Antonio Berni y Juan Pablo Renzi, y en artistas contemporáneos como Mariana Tellería, Adrián Villar Rojas y Nicola Constantino, algunos de ellos representando a Rosario en la Bienal de Venecia; o la memoria de mujeres que hicieron historia, de Rosa Wernicke a Silvia Augsburger, ninguneadas por la cabeza de Goliat. Y allí, en el hervidero actual de la urbe, el encuentro “Ciudades sin miedo” que convirtió a Rosario, durante tres días, en un laboratorio a cielo abierto que pensó junto a otras ciudades del mundo la urgencia de una salida colectiva a las miradas individualistas hegemónicas, basadas en la desconfianza y el temor al otro

Por Juan Manuel Mannarino – La Capital